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10 abril, 2018
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Poder, racismo y discriminación

Miguel Yaksic (41) es licenciado en Filosofía y Teología, máster en Ética Social del Boston College, en Estados Unidos, y fue director nacional del Servicio Jesuita a Migrantes (2014-2017). Actualmente se desempeña como consultor y profesor en temas de política migratoria, derechos humanos, derechos e inclusión de niñas, niños y adolescentes en situación de exclusión y con discapacidad intelectual.

Por Miguel Yaksic


Paula.cl

Ahora que Chile se ha ido convirtiendo en un destino de personas migrantes, aparece frecuentemente la pregunta de si es un país racista y xenófobo. No es bueno generalizar, pero sí creo que en Chile hay mucho racismo y xenofobia. Y que la migración ha hecho saltar, ha sacado a la luz, varias de nuestras formas elaboradas y no elaboradas de discriminar.

Hay formas de racismo y xenofobia evidentes y transparentes que son muy fáciles de desmontar, que casi todos notamos y que la inmensa mayoría de los chilenos entiende como una discriminación. No hace falta nombrar ejemplos. Pero me quiero detener en otras formas muy comunes, de todos los días. Que casi no vemos. Porque las ejercemos desde nuestras posiciones de poder. Formas de poder de las que casi no somos conscientes. Llamémoslas microdiscriminaciones, microrracismos, micromachismos, microxenofobias, aunque no sean tan micros. La sicología social se refiere a ellas como discriminaciones sutiles o sesgos no intencionales. Son esas formas no elaboradas, o sea no conscientes, de desprecio, discriminación y de ejercicio de un poder asimétrico. Son esos modos no conscientes de decirle al otro que yo “soy más y mejor”.

Empecemos con las personas haitianas. Un amigo de ese país que vive en Chile me contó esta anécdota: estaba esperando la micro para ir al trabajo. Vestido de traje. Alto y espigado. En eso se le acerca una mujer con una sonrisa, compra un helado y se lo ofrece. Él la mira y le agradece diciéndole: “Muchas gracias. No quiero su helado. Hablo tres idiomas”. Otro ejemplo. En un seminario otra persona haitiana estaba dando una charla. Al terminar el moderador preguntó si había preguntas. Solo una persona levantó la mano para decirle al que había expuesto con tono cariñoso, pero condescendiente: “Te felicito porque hablas tan, tan bien el español”. Otro ejemplo: en octubre de 2016 el huracán Matthew había devastado el sur de Haití. Con una organización de haitianos recolectamos ayuda. Cuando estábamos recibiéndola, una señora se acerca a entregar unas botellas de agua, toma del hombro a un hombre haitiano de unos 45 años, luego le toma la cara y le dice: “Me encantan ustedes los haitianos. Tan lindos. Si no tienen vicios. Te felicito”.

En estas tres historias no hay mala intención ni deseo de menospreciar. Pero en los tres casos, las personas haitianas generan pena, paternalismo y condescendencia. A la mujer del helado, el haitiano alto y espigado –vestido de traje– le da pena porque es negro. Si no, no se explica que le comprara un helado en la calle, siendo un desconocido. Un amigo jesuita haitiano formado en Canadá y Francia me contó un día el estigma que para él significaba ser negro, pobre y haitiano. A pesar de tener un doctorado. Cuando me llevó a conocer Puerto Príncipe, me pidió que no tomara fotos. Y cuando llegamos a tomarnos una cerveza Prestige a un restorán en Pétion-Ville, el barrio elegante de las embajadas y las organizaciones internacionales, me dijo: “Tomémonos aquí la foto”. Ese día que nevó en Santiago recuerdo haber pensado: “En cuántos minutos más aparece la noticia de un haitiano jugando con la nieve”. Y así fue. Uno no le regala un helado, ni felicita a un conferencista por el buen uso del idioma, ni le agarra el cachete a hombres blancos y adultos, de origen caucásico. No sentimos condescendencia, ni compasión, ni paternalismo con ellos.

En Antofagasta las propias mujeres chilenas llaman a las colombianas “quita maridos”. Ellas mismas no son conscientes de su machismo. Como si el hombre fuera un ente sin voluntad que delante de una mujer voluptuosa, que camina contorneando las caderas (no para provocar, sino porque es así, porque nació en una cultura donde la relación con el cuerpo es distinta) no tuviera nada que hacer.

Recuerdo que en mi colegio a los auxiliares de servicio les decíamos su nombre con diminutivo: “Jaimito”. Nadie le decía al padre rector, Fernandito, sino padre Montes.

Es como cuando en las empresas más abiertas y modernas –inclusivas– se habla de gestión de la diversidad. Estamos nosotros: los normales que gestionamos a esos otros distintos, incluyéndolos. Siendo “los otros” las personas con discapacidad, las personas LGBTI o las personas migrantes.

No solo por la llegada de extranjeros sino también por la nueva conciencia de la historia que vamos adquiriendo, Chile se presenta cada día como un país más diverso. En ese contexto, lo mejor que podemos hacer es cambiar nuestra mirada y comenzar a pensar “interculturalmente”. O sea, empezar a preguntarnos si estamos dispuestos a cambiar nuestras concepciones tradicionales acerca de la identidad, la nación, la persona, lo correcto y lo incorrecto para entrar en una conversación nueva, distinta, horizontal y simétrica con esas otras personas que son parte de nuestra vida. Si estamos dispuestos a transformar esas prácticas y estructuras que inferiorizan, que racializan y que deshumanizan o si vamos a mantenernos parapetados en nuestras posiciones no elaboradas ni conscientes, pero bien cómodas, de poder y de control.

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Lee Hacer quelcún, otra columna de Miguel Yaksic, aquí.