Ignacio Pérez-Cotapos: El reflejo de una elite
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1 Agosto, 2012

Ignacio Pérez-Cotapos: El reflejo de una elite

Fundó y dirigió durante 17 años la revista ED donde hizo lo que quiso. Junto con abrir las puertas de las casas de la clase alta chilena y destacar el buen gusto de sus amigos y conocidos, despotricó contra la política, las manifestaciones ciudadanas y todo lo que consideraba feo. Ignacio Pérez-Cotapos, más que el director de un medio, fue el cronista social de una elite. Un cronista sin filtro.

Por Rita Cox / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Álvaro Renner / Maquillaje y pelo: María José León para Dior / Modelo: Talita Hartman ( agencia Rebel )

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Paula 1101. Sábado 4 de agosto 2012.

Ignacio Pérez-Cotapos (52, soltero) abre las puertas de su departamento de Américo Vespucio Norte –en el mismo edificio tiene su atelier el diseñador Octavio Pizarro– y, era de suponer, todo es como de revista de decoración: la vista a las canchas del Club de Golf Los Leones; un enorme y luminoso living-comedor; el parqué que no bastó en su tono natural, sino que el dueño de casa pintó a mano como un damero de ajedrez blanco y negro; los muebles y objetos, todos “buenos”, como diría él, algunos contemporáneos y otros antiguos heredados o comprados en remates –costumbre que le inculcó su padre, un agricultor que mandaba a hacer sus trajes a Londres–; las pinturas de Francisco Bustamante, libros en formato de lujo del arte de Caravaggio, el palacio de Versalles, las fotografías de Richard Avedon y las mejores portadas de Vanity Fair. Y las flores frescas, unas cuarenta calas de tallo larguísimo, que compra en el Terminal de Flores. Si no hay tiempo, las pide por teléfono y se las envían por radiotaxi, pero flores en esa casa no faltan jamás. “El lujo de hoy es tener siempre flores frescas o dormirse una siesta un martes cualquiera. Eso está a la misma altura que irse a París en primera clase o comprarse un Cartier”, dice.

Recibe de jeans y camisa; jeans y camisa de revista. Ofrece café y agua, y también como en las revistas, aparece una señora de delantal celeste, bandeja, tacitas encantadoras y vasos de diseño. La escenografía no puede ser más coherente con el trabajo que durante 17 años realizó como fundador y director de la revista ED –puesto que dejó en abril en manos de su amiga Magdalena Bock para dedicarse a otros proyectos en IPC Studio, su oficina de diseño y contenidos editoriales– donde mostró con pulcritud lo que para él es lo más “lindo” en estilo de vida, moda, arquitectura y decoración. Para eso, una hazaña, Pérez-Cotapos logró abrir las puertas de las casas de la clase alta de nuestro país. “No es fácil porque en Chile hay mucho complejo. Muchos me decían que no, otros nos prestaban sus casas para que las fotografiáramos, pero con la condición de no aparecer en la foto o que ni siquiera los nombráramos en el texto, por miedo al ridículo, al pelambre, a que los tildaran de siúticos”, cuenta.

Creció rodeado de revistas, “cuando chico leí más el Vogue, GQ y House and Garden que el Pato Donald”, explica. Después del colegio, el Verbo Divino, partía a clases de Pintura o a la librería Estudio, en Providencia, a unas cuadras de su casa. Allí trabajaba Mary Rose Mc-Gill –ya era una socialité–, quien le daba todo el tiempo del mundo para que hojeara las revistas de moda y decoración llegadas de Europa y Estados Unidos. En familia, esas publicaciones eran tema de conversación, especialmente cuando los fines de semana visitaban a Pilar Larraín, prima de su madre, directora de revista Ritmo que, tras el golpe militar, se fue a Estados Unidos “porque era demasiado cuicona, inteligente e influyente en la juventud y aquí le hicieron la vida imposible, aunque al final fue para mejor porque se convirtió en la directora para Latinoamérica de Cosmopolitan y Harper’s Bazaar”.

Así afinó el ojo Pérez-Cotapos, que tras un breve paso por la Escuela de Publicidad, formó parte del primer departamento de publicidad de TVN y luego trabajó en la dirección de arte de un nuevo proyecto editorial: Caras, que el 4 de mayo de 1988 apareció en los kioscos con su singular formato y el rostro de Juliette Binoche. En agosto de 1995 lanzó ED con una portada en que se leía “Santiago chic”.

Es un personaje sui géneris. Educado en una familia de derecha, se autodefine de derecha y respecto de varios temas sus opiniones son evidentemente conservadoras. Pero, a la vez, puede argumentar sobre la existencia de una estética gay o hacer un comentario perturbador o políticamente incorrecto.

ED es una revista elitista, que retrata a un sector muy pequeño de Chile.
Sí, mientras yo la dirigí me llegaban críticas del estilo “esta es la revista de Ignacio, un grupo cerrado”, pero qué quieres. Si Max Cummins y Sergio Echeverría son dos de los mejores decoradores que hay en Chile y son amigos míos, obviamente iban a aparecer primero en mi revista. Es importante tener buenos contactos, buenos amigos y mis amigos son de revista: gente que se viste bien, que tiene lindas casas, que cocina bien.

En distintas páginas de la revista largabas frases como “cualquier persona que tenga el apellido Cummins altiro me interesa, porque el gen lo tiene, nada que hacer”. ¿Siempre te fijas en los apellidos?
También alguna vez escribí algo así como “gracias a Dios existen los Cummins” y Max Cummins me retó. Pero así es: tienen el gusto en su ADN. Esa familia nació viendo cosas lindas y les brota, como a los europeos que les nace naturalmente vestirse bien. Pero no soy nada fijado en los apellidos, me carga la gente que habla de eso, más si habla de “los apellidos vinosos”. Sí hay que reconocer que los apellidos te dan una referencia de la persona. Pero no significa que juzgue a partir de eso.

¿Para qué sirve el buen gusto?
Para vivir más feliz. Te ayuda a ti y haces feliz a los demás. Si invitas a comer, lo pasas mejor en una casa linda, donde quieres quedarte. Además, para mí el buen gusto es un buen negocio.

“Me reclamaron una vez que escribí sobre las vacaciones y dije ‘y una casa con harta nana’. Bueno, es rico veranear con harta nana y en mi caso lo más probable es que estaré con ellas metido en la cocina preparando el almuerzo. Pero en Chile existe un doble estándar salvaje. Después de todos mis años en ED podría escribir el libro El doble estándar del chileno”.

De las casas que mostraste ninguna era de gente de la televisión, y solo un par de políticos. ¿Cómo serán las casas de la gente de la televisión?
No tengo idea, no tengo contacto con ese mundo. De los políticos, es muy difícil, porque mostrar sus casas les puede provocar problemas políticos. Por eso fue un logro, después de 17 años de pedírsela, fotografiar la maravillosa casa de Carlos Larraín, que me cae regio. Es de las pocas casas que quedan de 1800 y habitadas en Santiago, que él cuida con una pasión enorme. Es mucho más barato y práctico vivir en un departamento, pero Carlos está haciendo un trabajo patrimonial importantísimo. No solo tiene la plata para hacerlo, sino, y lo más importante, tiene buen gusto. Claro que nunca faltan los que ven esto con ese punto de vista político-amargado-resentido.

En al menos un par de números, las nanas vestidas de delantal fueron protagonistas de tu revista. ¿Recibiste críticas por eso?
Un amigo mío me dijo una vez que yo no podía seguir poniendo a las nanas –me gusta decirles empleadas, pero parece que suena mal y ya cedí ante la presión– como elemento decorativo, pero jamás se me ha ocurrido hacer eso. Más bien las he homenajeado.

Pero las nanas también encarnan la desigualdad social y la discriminación.
Son también parte de la casa. En las fotos me gusta poner a la nana, al mozo, al hijo y, cuando la dueña de casa no quiere aparecer, la nana le da movimiento a la foto. Pero, además, son las que mejor cocinan en este país, mucho mejor que en varios restoranes. Una vez en un restorán en Milán le pregunté al dueño que quién era el chef y me contestó “qué chef, es la empleada la que hace la pasta y el risotto”. También me reclamaron cuando una vez escribí sobre las vacaciones y dije “y una casa con harta nana”. Bueno, es rico veranear con harta nana, que te atiendan bien y en mi caso lo más probable es que estaré con ellas metido en la cocina preparando el almuerzo. Pero en Chile existe un doble estándar salvaje. Después de todos mis años en ED podría escribir el libro El doble estándar del chileno.

Las nanas que aparecían, ¿querían hacerlo?
¡Por supuesto! Me llama la atención que se complejice tanto que una nana aparezca en una revista que muestra casas si, te insisto, son parte fundamental. A ellas no solo les encantaba salir, sino que, además, recuerdo que hace unos años, que publicamos una serie de recetas de cocina de las nanas, llamó a la revista una que quería aparecer en un próximo número.

¿Qué escribirías en ese libro sobre el doble estándar?
Lo haría con humor, no se trata de hacer una crítica social, sino que, por ejemplo, dar cuenta de actitudes muy chilenas como cuando le preguntábamos a alguien si nos podía prestar su casa para fotografiarla y nos decía tres veces que no, y al final no solo nos decía que sí, sino, además, quería mostrarla entera. También escribiría sobre esas personas que se golpean el pecho, se las dan de cristianas y bondadosas, y andan todo el día pelando.

Pérez-Cotapos no solo desplegó su personal concepto de buen gusto y sofisticación, sino que hizo uso de las editoriales para hablar del estilo de vida de sus amigos y cercanos, con frases “esta mujer se pasó para recibir bien, tener la casa linda, las niñitas preciosas y sin decir ni pío” o “nos recibió en su casa del Pangue con champagne francés y pan hecho por ella. Claro que nos advirtió que de otra revista habían ido a fotografiarle la casa y el equipo se había curado. Nosotros estuvimos a punto”. A esta suerte de crónica social con un humor 100% Pérez-Cotapos, se sumaba su soltura para despotricar contra la estética de Santiago, el smog, los tacos, la política y los políticos, las manifestaciones ciudadanas, entre otros temas.

Bien raro que en una revista de decoración haya opinión sobre la actualidad.
La decoración y la moda están cada día más arraigados a la vida diaria. Te vistes y haces una elección; armas tu casa y dependiendo de cómo la tienes te provoca mayor o menor bienestar. No son frivolidades, como tampoco lo es lo que sucede en un país. Es cosa de ver a Camila Vallejo, linda, se viste de cierta manera. Pero si hubiese sido fea, ten por seguro de que todo sería muy distinto.

¿Dices que no se hubiese convertido en líder?
No, porque todo entra por la vista. Es una mujer bonita, inteligente y no se puede desconocer lo que ha hecho pero, pucha que cansa oírla hablar de lo mismo y de lo mismo día tras día, que la universidad gratis para todos y puras utopías.

¿No te parece discriminatorio ese comentario?
Puede ser. Para mí lo estético es sumamente importante, de hecho en eso consiste mi trabajo. La primera información que tienes de una persona te la da su apariencia y eso provoca un efecto. Así funciona el mundo, estamos en la era de la estética. Ahora, obviamente que el segundo paso es irte a lo más importante de esa persona, de lo contrario sería una frivolidad. Pero te insisto, creo que parte importante del éxito de Camila Vallejo se debe a su apariencia.

Eres contrario a la idea de que la universidad sea para todos.
Yo no fui a la universidad y es absurdo que esa sea la única meta para los jóvenes en un país pobre como este. No todos pueden ser médicos, arquitectos, abogados o ingenieros comerciales. Pero, además, en este país y el mundo en que me muevo se necesitan urgentemente buenos técnicos: carpinteros, mueblistas, electricistas, pintores. Los técnicos son importantísimos en un país en vías de desarrollo.

Criticas harto las manifestaciones ciudadanas, incluso escribiste “el otro día fui al Alto Las Condes y no sé en qué tienda estaban todos los empleados haciendo sonar unas trompetas que dejaban sordo, con carteles que decían ‘bono para la colación’, mucho ¿no?”.
Mucho, pues. Ya la palabra colación habría que suprimirla del vocabulario. Demasiado fea. Y esos tipos metiendo un ruido infernal eran una pesadilla y una rotería, qué quieres que te diga. En la calles ves gente que no sabe por qué protesta, gente que habla de lucro y no sabe qué significa esa palabra; el comercio cerrado, faroles rotos, atroz. No sabes la rabia que me da ver un farol roto. Aquí falta mano dura.

“Los juegos infantiles de las plazas, esos colorinches con rojo, verde y amarillo, son insoportables. No entiendo por qué el refalín no puede ser negro, si es solo un refalín. No porque sean para niños deben estar llenos de colores mal combinados. Pobres niños”.

Tus dichos son bien políticamente incorrectos. ¿Tienes conciencia de eso?
No sé, en las editoriales escribía lo que sentía y nunca tuve problemas, tal vez porque tenían buena acogida o nadie las leía. Escribía lo que pienso y escribía como hablo, sin ninguna pretensión.

Santiago, vida social y hacerse el importante

Eres un indignado de algunas determinaciones urbanísticas de Santiago.
Uff, no voy a hablar del smog –ya no se me ocurre qué más decir–, aunque jamás voy a entender cómo con estos índices de contaminación no se toman determinaciones radicales como prohibir el tránsito de autos y camiones como se hace en Europa. Pero aquí hay un subdesarrollo que no tiene para cuándo terminar. Otra cosa que me indigna es la cultura de retén del chileno: ¿has visto cómo cortan los árboles? Pareciera que algunos quisieran vivir dentro de una clínica, sin nada de naturaleza. O el puente Manquehue, mal criterio con pésimo gusto. O los juegos infantiles de las plazas, esos colorinches con rojo, verde y amarillo, son insoportables. No entiendo por qué el refalín no puede ser negro, si es solo un refalín. No porque sean para niños deben estar llenos de colores mal combinados. Pobres niños.

Te cito nuevamente: “Las páginas sociales de diarios y revistas son las más vistas, aunque muchos lo nieguen”.
Al comienzo de ED hacíamos unas encuestas sobre lo que a la gente no le gustaba de la revista y ahí decía que teníamos mucha página social. Yo no les creo a las encuestas, la gente en Chile miente hasta para las encuestas. Las páginas sociales son las que más gustan, es lo primero que ven en una revista, es cosa de observar. La gente se queda pegada mirando a los que aparecen, cómo están vestidos, con quién están. Es por la copucha, porque a las personas les gusta mirar a otras personas. Igual las sociales han cambiado: antes aparecía más la gente de apellidos, que tenía un cuento social. Ahora son las actrices, la gente del showbiss. En Chile son los mismos gatos siempre, pero uno quiere ver a esos mismos gatos.

Dices que en facebook hay un afán de mostrarse.
Está bien que gente con opinión, que no tiene un medio de comunicación opine a través de facebook y twitter, pero el resto es tontera. Yo no uso redes sociales. Eso de comentar por facebook o twitter que estás partiendo a Viña, es pura inseguridad. O, como hizo un conocido, que subió una foto de sus calcetines rayados, es poco productivo y da comidillo a la copucha. También dicen que las redes sociales sirven para reencontrarse con gente, pero si yo no veo a alguien es simplemente porque no me interesa. Una vez me molesté con un amigo, porque fuimos a Ch.ACO y me regalaron un cuadro y sin mi consentimiento subió una foto mía. A los 10 minutos me llamó otro amigo para decirme “supe que te compraste un cuadro”. Casi me muero. Es una tremenda mala educación y una irrupción a la privacidad. Es como que todos quieren ser famosos, todos quieren ser alguien.

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