Los archivos de Sergio Campos
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24 Septiembre, 2011

Sergio Campos

Los archivos de Sergio Campos

Testigo y portavoz de los hechos más decisivos de la historia reciente de Chile, el locutor y periodista del Diario de Cooperativa lleva 35 años entregando las noticias con una credibilidad a toda prueba. Por eso Sergio Campos acaba de recibir el Premio Nacional de Periodismo. Una voz que no se apaga, pero a veces se quiebra.

Por Rita Cox / Fotografías: Sebastián Utreras / Producción: Álvaro Renner

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La voz de Sergio Campos ahora suena en Los Archivos del Cardenal (TVN) y antes apareció como atmósfera realista de Los 80 (Canal 13). Una voz que hace retroceder en el tiempo y poner la piel de gallina; la portadora de las noticias más feroces. La misma que sigue golpeando y colándose cada día en la oreja de los chilenos. Su secreto mejor guardado es la edad. Se niega a revelarla. “Tengo más de los que quisiera, pero no hablo de eso. He generado todo un misterio en torno y no quiero romperlo”, dice sentado en uno de los locutorios de radio Cooperativa. Habla serio, a pesar de que sus compañeros de trabajo dicen que es bueno para la talla y que suele cerrar su programa con un divertido, y ya emblemático “hasta la vista”.

Se especula que anda por los 60. Un par de claves: tenía 13 años cuando comenzó a locutear, a principios de la década del 60; en 1974, cerca de los 20, se fue del país y se radicó en Argentina; y hoy está cumpliendo 35 años frente a El diario de Cooperativa, el informativo radial líder en sintonía de la mañana, según la más reciente encuesta Search. Desde allí, Campos construyó una credibilidad única y se consolidó como la voz cotidiana de la historia chilena desde la dictadura. Trayectoria que ha sido reconocida.

A principios de septiembre fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo 2011 y el año pasado recibió la Orden al Mérito Docente y Cultural Gabriela Mistral. Campos, además, es la encarnación de la meritrocracia y los valores de la educación pública y rigurosa de otros tiempos, de lo cual se siente orgulloso.

Llama la atención que sea un gobierno de la Alianza el que te premie y no te hayan reconocido en uno de la Concentación.
No trabajo en esto para obtener premios y no esperaba que la Concertación me diera ninguno.

Cuando recibiste el Premio Nacional agradeciste a la educación pública en la cual te formaste y apoyaste también las demandas de los estudiantes.
Estaba tan impresionado que lo único que se me ocurrió decirle al ministro de Educación es que yo soy hijo de la educación pública y gracias a ella he logrado todo. Fue fundamental para entender los alcances de la movilidad social. No sólo estudié gratis, sino que, además, tuve derecho a un tremendo desayuno y a un almuerzo completísimo. Hoy, los chiquillos se comen un pan y un jugo; una subalimentación que no merecen. Da una pena tremenda. Se dice que la educación ha avanzado en cobertura; pero no ha estado acompañada de la calidad, que es urgente. Los estudiantes deben estar en salas calefaccionadas, tener acceso a los libros y a profesores capacitados. Han mostrado generosidad en sus demandas. Lo que piden no es para ellos, sino para las futuras generaciones.

Sergio Campos sabe de qué habla. Después de pasar por la enseñanza básica en una escuela de Rengo, estuvo en la Escuela Normal Superior José Abelardo Núñez, donde se formó como profesor normalista, un sistema que dejó de funcionar en 1974. A fines de los 60 hizo clases a niños en la escuela de la población Miguel Dávila. Hoy enseña Periodismo en la Universidad de Chile. Quizás por eso habla más como profesor que como periodista y repite frases como “yo siempre les digo a los chiquillos”.

¿Haberte formado en la educación pública influyó en tu decisión de ser profesor?
Sí. Raúl Camaño fue mi profesor en la básica y quien me incentivó. Yo lo admiraba, al punto de que le imitaba la letra. Él hacía cosas que en su momento me parecían insignificantes, pero que ahora me sorprenden y contrastan con la educación de hoy. Nos invitaba a su casa y compartía su biblioteca con nosotros. En la escuela, todos los días teníamos una hora de lectura. Leíamos en voz alta La divina comedia, los versos de Neruda y la Mistral. Tuve un lujo de educación, y gratis.

¿Qué te parece la situación actual de los profesores?
Ganan muy poco y deben trabajar en varios lados. Entonces, la pregunta es a qué hora leen, a qué hora estudian, a qué hora preparan las clases. Para la universidad, a veces me demoro un día y medio en preparar una clase. Un profesor de una escuela no puede hacer eso.

En la escuela, Campos dio sus primeros pasos en la radio. “Emulábamos a las radios comerciales: leíamos noticias de los diarios, redactábamos las de la escuela, relatábamos el fútbol”, recuerda. Cuando terminó sus estudios de profesor, ya trabajaba como locutor amateur y, mucho después, sacó carné profesional en el Sindicato de Locutores. Lo mismo sucedió con el periodismo. Con una carrera ya consolidada, recién a fines de los 80 sacó su carton en la Usach.

A la instantaneidad de la radio le ha salido una fuerte competencia: internet, facebook y twitter.
Pero la radio es insuperable por la intimidad que establece con el auditor. Los terremotos de 1985 y 2010 demuestran que ante las emergencias la radio sigue siendo la forma más efectiva de saber cómo otras personas viven lo mismo. La gente busca la tranquilidad que genera una voz.

¿Cómo has construido ese lazo de afectividad?
He aprendido mucho de Don Francisco, que tiene la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Ese ha sido mi camino. Por eso, veo con espanto cuando periodistas llegan a entrevistar a una señora a la que se le acaba de morir un hijo y le preguntan “¿cómo se siente?”. Me parece de una falta de critero incomprensible.

Los años más duros

La muerte del padre André Jarlan, en septiembre de 1984. El secuestro y asesinato de Manuel Guerrero, José Miguel Parada y Santiago Nattino, en marzo de 1985. El ataque con fuego a Carmen Gloria Quintana y Rodrigo Rojas Denegri, en julio de 1986. El atentado a Pinochet, en septiembre de ese mismo año. La visita del Papa Juan Pablo II, en abril de 1987. El plebliscito de octubre de 1988. De todo eso informó Sergio Campos. A veces desde el locutorio de la radio, otras, “desde el lugar de los hechos”, como aún se escucha en Cooperativa, junto a esa inconfundible cortina de tambores que siempre alerta, pero que en esos años tenía una carga adicional. “En Cooperativa, antes de la llegada de la democracia, vivimos experiencias durísimas. Dábamos noticias fuertes, a pesar de las prohibiciones y muchas veces nos clausuraron por eso. Pero el tiempo demostró que lo que decíamos era verdad. Se establece, entonces, una relación mucho más íntima con la audiencia. Una complicidad”, afirma.

Supe que hasta hoy te encuentras con personas que te agradecen haber leído esos recursos de amparo, ya que con eso les salvaste la vida.
Gente que no conozco me ha parado en la calle y me ha dicho “Oiga, usted me salvó la vida”. Uno queda impresionado. Emociona.

Aunque Campos es sinónimo de noticia dura, lo cierto es que tiene una trayectoria variopinta. Antes de llegar a Cooperativa hizo locución comercial, fue DJ y encabezó un programa de bandas en vivo en radio Corporación, donde también cubría actualidad. En eso estaba el 11 de septiembre de 1973. La radio fue cerrada, pasó a llamarse Radio Nacional de Chile, y la voz de Campos se apagó por un buen tiempo.

Tras el Golpe te fuiste a Argentina. ¿Fuiste exiliado?
Tras el Golpe estuve tres días detenido y citado a declarar en la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea. El objetivo del fiscal a cargo era que yo dijera que, a través de la radio Erich Schnake, entonces senador socialista y secretario de comunicaciones del partido, había llamado a la gente a salir a la calle. Me negué a afirmar algo que era falso. El general Alberto Bachelet, preso en la Cárcel Pública, era acusado de ser el principal conspirador en contra de las Fuerzas Armadas. La historia ha demostrado que era mentira. Después, en 1974, estaba haciendo clases y llegaron fuerzas del Ejército y me llevaron, junto a otros profesores, a la Escuela Militar. Fuimos interrogados y maltratados. Cuando me soltaron me fui a Argentina. Tenía 20 años y era soltero

Hablas de maltrato. ¿Fuiste torturado?
Sí, en la Academia de Guerra de la Fuerza Aérea.

En Buenos Aires Campos conoció a su mujer y madre de sus tres hijos, la chilena Verónica Toro, y siguió ligado al periodismo. En marzo de 1976 Argentina vivió su propio golpe militar y decidió regresar a Chile. “Me conseguí un trabajo como profesor en una escuela. No pensaba en volver a la radio. Porque durante muchos años compañeros de radio atravesaban la calle para no saludarme, como si yo fuese un ser contaminante”.

Llegaste a Cooperativa en un momento complejo para ser oposición e informar.
A veces me dicen “lo de ustedes fue heroico” y la verdad es que ninguno de los que trabajamos en la radio en esa época queríamos ser héroes. Queríamos hacer bien el trabajo y teníamos conciencia de nuestra función social.

Eras la voz de noticias tremendas y quién comunicaba aquello que se intentaba ocultar. ¿Sentiste miedo?
Pensaba que si me tocaba, me tocaba. Muchas veces sufrimos amenazas por las noticias que transmitíamos. En jornadas de protesta transmitíamos igual y se paraban vehículos no identificados fuera de la radio, sin patente, con tipos de civil mostrando las metralletas. Acciones intimidatorias que nunca sabías hasta dónde podían llegar.

¿Qué hechos recuerdas como especialmente complejos?
El caso de los degollados. Inmediatamente después de que fueron secuestrados en el Colegio Latinoamericano, desde allí me llamó a la radio Manuel Guerrero hijo. Yo había sido compañero de su padre en la Escuela Normal. Cuando se encontraron los tres cuerpos camino a Quilicura, se entregó al aire la descripción de las ropas, entre ellas una casaca de cuero café. Ahí fue cuando mi mujer me dijo “son ellos, es Manuel, esa es la chaqueta de Manuel”.

Campos informó desde la Vicaría de la Solidaridad, donde se desarrollaba una dramática vigilia.

¿Has visto Los Archivos del Cardenal?
No puedo. Vi los primeros quince minutos del primer capítulo, pero no fui capaz de seguir. Para mí es muy desgarrador recordar lo que sucedió en Chile. Al principio dije: “pucha, que soy cagón, cómo es que no soy capaz de ver un progama de televisión”. Pero conozco a varias personas que tampoco lo han resistido. Creo que tiene que ver con la complejidad de la memoria y la nostalgia que remueven dolores.

¿Y esta conversación también te angustia?
Sí.

El pecado social

¿Qué te parece el clima que se respira en Chile?
Me preocupa. Se ha entrado en un espiral en que todos lanzan frases polémicas, llamativas y novedosas; los políticos parecen adiestrados en lanzarle cuñas a los periodistas, y estamos entrando en un nivel de expresión hiriente, violento y morboso. Aún es tiempo para la reflexión, pero el tiempo no es infinito.

¿Y cómo interpretas estos movimientos ciudadanos?
Es un levantamiento que tenía que venir. Este sigue siendo un país con tres millones de pobres y quinientas mil personas en la extrema pobreza. Eso es un pecado social que la dirigencia política debe tomarse en serio o vamos a tener una explosión social como la de Egipto. Es urgente, también, corregir la crisis de representatividad.

¿De los hechos más recientes, cuáles han sido los más duros de informar?
Me ha dolido especialmente el desamparo en que siguen los damnificados del terremoto. Hay gente que ya va para el tercer invierno sin casa, a quienes se les ha entregado un subsidio, que no es más que un papel. Me dan ganas de sentarme a llorar con ellos, porque uno se pregunta cómo es que la vida puede ser tan injusta; cómo hay empresarios inmobiliarios que no asumen sus responsabilidades y demuestran esa falta de valores humanos que impacta.

A propósito, ¿qué te parece el periodismo chileno actual?
Todos los medios cubren lo mismo, falta pauta propia e interpretación. Hoy se apuesta por el impacto. Hay mucho Murdoch y Berlusconi dando vueltas y esa farandulización de los medios es negativa.

A quién no has podido entrevistar nunca es a Sebastián Piñera como Presidente.
Lo he solicitado varias veces. Incluso cuando recibí el Premio Nacional de Periodismo aproveché de pedirle públicamente una entrevista. Imagino que habrá cierto tipo de aprensiones, aunque nunca he maltratado a un entrevistado, entonces me cuesta entender su negativa. Nadie del gobierno me ha explicado las razones.

¿Qué le preguntarías?
La nueva forma de gobernar es un bloque entero de preguntas. También le pediría que explicara la frase “hemos hecho más en 20 días que en 20 años”. No entiendo si eso fue un exabrupto o una genialidad.

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