Homenaje a Nicanor

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Homenaje a Nicanor

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El antipoeta ha sido un personaje recurrente en las páginas de revista Paula, desde fines de los 60. Ahora, que ya se ha ido, a sus 103 años, le rendimos este homenaje que contiene el relato íntimo de su nieto Tololo sobre sus últimos días; un registro inédito de los cuadernos perdidos que se han logrado rescatar; y parte de la entrevista más emblemática que se publicó en Paula.

Paula 1245. Sábado 10 de febrero de 2018. Especial Amor.

Foto: Sergio Larraín, 1969.

Comandante Tololo

Cómplice de su abuelo, Tololo, el mismo que en 2012 viajó a recibir el Premio Cervantes en su representación, no dudó en asumir el último deseo de Nicanor: recuperar los manuscritos perdidos. En eso lo sorprendió la muerte del antipoeta, cuyo duelo, después de la vorágine, recién comienza a vivir.
Por Almendra Arcaya / Fotografía: Camilo Bustos

Un día después de que enterraran a su abuelo en Las Cruces, Cristóbal Ugarte Parra, Tololo (25), viajó junto a su prima Josefa Cristalina –hija de Juan de Dios Parra– a Chillán. Ahí visitaron el pueblito de San Fabián de Alico y conocieron la casa de adobe donde nació Nicanor. Fue un viaje improvisado, cuenta, para meditar y encontrarse con los orígenes de su abuelo. Pero también para desconectarse del mediático entierro y de lo polémico que ha sido la recuperación de los cuadernos y objetos perdidos de la casa de La Reina, que estaba a muy mal traer, lo que angustiaba mucho a Nicanor. A ese empuje, que le ha costado más de un enemigo, Parra respondía refiriéndose a él como “el Comandante Tololo”.

En estos días allá apartado, ¿has tenido tiempo de iniciar el duelo?
Creo que lo inicié hace años, meses, pensando en que se podía venir el momento. Pero el duelo al final lo pasé arreglando su casa en La Reina, dejándola lo más parecida a como él la tenía. Creo que ahí me desahogué bastante.

Intuías que era el final.
Sí. Mi abuelo tenía un discurso tragicómico de la muerte. Siempre se estaba muriendo y siempre se despedía diciendo: “Un abrazo y un beso, por si no nos volvemos a ver”. Por muchos años, cuando lo visitaba, creía que era la última vez que lo vería. Pero el día que realmente fue el último, recuerdo que mi mamá le dijo al oído, antes de traerlo a Santiago: “Parece que esta es la última vez que vemos el mar”. Él le dijo: “Sí, parece”. Yo estaba ahí cuando él comenzó a despedirse de su casa en Las Cruces y en el auto nos vinimos tomados de la mano.

Nicanor llegó a La Reina cuatro días antes de morir. ¿Lo trajeron por algún problema de salud?
Quería ir a morirse allá. Llevaba semanas pidiendo que lo trajéramos. Sabía que yo llevaba varios meses restaurando la casa y le habían comentado que estaba muy bonita. También lo leyó en los diarios. Pero queríamos que estuvieran las comodidades para recibirlo. Por alguna razón, el último tiempo trabajé todos los días en la casa, a full. Estaba impecable y muy parecida a como él la dejó. El día que llegó lo sacamos al jardín y notó que el pasto estaba más o menos. Fui y compré pasto. El último día me dijo: “Qué lindo se ve el pasto… hay que salvar lo último que queda de esta casa”. Me vio empoderado, nos vio empoderados a todos, decididos a defenderla, y eso lo dejó tranquilo.

¿Qué otra escena guardas de ese último día?
Le mostré su reloj de pie que amaba y que habíamos recuperado un par de meses atrás. No había sonado en meses, pero ese día sonó. Los que estábamos ahí lo percibimos como algo muy mágico. Ese día mi abuelo insistía en que estuviéramos todo el rato con él, sin enfermeras ni cuidadoras. Esa noche pidió un whisky y se despidió de cada uno de nosotros. Falleció a las 2 A.M., y cerca de esa hora el reloj empezó a sonar con más frecuencia. Al día siguiente, cuando fue el responso, también sonó. Era como que él hubiese estado hablando a través del reloj.

¿De quiénes alcanzó a despedirse?
Fue algo muy íntimo, los que habíamos estado cerca de él en los últimos años. En la pieza estaban mi mamá, el Chamaco y sus hijos, la (Josefa) Cristalina y yo. Todos alcanzamos a despedirnos tranquilamente. Mi mamá le dijo: “Nunca te voy a dejar solo” y Chamaco le alcanzó a decir gute nacht (buenas noches en alemán), y mi abuelo le respondió gute nacht. Yo le dije “Te quiero mucho”. Tuvimos tiempo de llamar al cura José Miguel Ibáñez (el crítico literario Ignacio Valente) para hacerle la unción. Mi abuelo se fue cantando Guantanamera.

Esta foto fue tomada en marzo de 2017 en Las Cruces y ahí aparecen Colombina, Nicanor, Tololo y Julieta, su hermana menor. Foto: Archivo personal de Tololo.

Los enemigos y los herederos

Tu abuelo te llamaba a veces “Comandante Tololo”, incluso en algunos cuadernos. ¿Te sientes así?
Él fue escribiendo lo que veía para el futuro. Desde que tenía 12 años, recuerdo, me preocupaba de que no se anduvieran perdiendo sus cosas. Me nacía conservar su obra, mostrarla, hacerla brillar desde lo alto, y estar al lado de él lo más posible.  Vi un valor incalculable en todas sus cosas. Eran parte de mí, como mi abuelo es parte de mí. He defendido lo que era suyo y él lo valoraba. Mi rol está claro desde hace muchos años.

Antes de que Nicanor muriera tú eras el único que vivía en La Reina. ¿Eres como el perro guardián de esa casa?
Viví un año entero, solo, ahí. Saqué a los okupas de la casa de mi abuelo a pulso y recuperé lo que fue en su minuto la casa, con la ayuda de mi mamá y mi tío Chamaco, pero el que se preocupaba 24/7 y se quedaba en la noche a patrullar, era yo. Sí, estaba como un perro guardián.

¿Cuáles han sido los costos personales de eso? Al parecer no todos en la familia están alineados con ese propósito.
Hay mucha envidia, muchas ganas de apropiarse de esa figura, dentro y fuera de la familia. No se trata de apropiarse, sino de devolver a quiénes les corresponde, y eso incluye al público de Chile y el mundo. He tomado esto para mostrarlo, no para hacerlo mío. Eso me diferencia de otras personas de la familia, que lo ven de una forma equívoca. Mi abuelo lo dijo, está escrito, y nada, me río de los peces de colores, como decía él.

Catalina Parra y su hija señalaron que en 2012 quisieron hacer un inventario y que tú y tu mamá se negaron.
La realidad, y lo que está en los diarios de 2012, es que ellas sustrajeron 14 cuadros de Violeta para llevárselos a Nueva York. No solo los cuadros, sino también algunas primeras ediciones, la medalla del premio Cervantes y una foto de Neruda autografiada. Ahí empecé a hacer un inventario, pero era muy niño y me desmotivé con la violencia de estas mujeres. Pero ahora me siento mucho más fuerte, y voy a hacer todo lo que mi abuelo quiso que hiciera con su obra. Para mí siempre fue desconcertante cómo ellas actuaron, y doloroso al ver cómo un padre se daba cuenta hasta qué punto podía llegar su hija por intentar pasar sobre él. Él siempre se reía de que todos los viejos terminaban siendo como el Rey Lear. Después de ese episodio, mi abuelo nunca más quiso hablar con ellas.

¿Qué pasará con la casa de Las Cruces?
Eso va a ser un museo, era su deseo, igual que la casa de La Reina. Ojalá que suceda lo mismo con su casa de Isla Negra y de Huechuraba: la casa del hombre imaginario. Eso va en contra de lo que algunos herederos quisieran, pero mi abuelo nos dejó bastante preparados para pelearlo. Él también preveía el tema de los herederos, es un tema que siempre barajó.

¿Cuántos enemigos te has ganado en estos meses?
Este momento es histórico en nuestra familia. No solo por la muerte de mi abuelo, sino por lo que significa recuperar sus cuadernos de personas que eran cercanas, y eso traza un camino nuevo entre los amigos y los que no lo son. De aquí en adelante voy a hacer lazos solo con quienes estén en la misma sintonía. Si me tengo que arriesgar a tener enemigos por destapar la olla de una elite cultural chilena, creo que vale la pena.

¿Qué hay que destapar?
La creencia de ellos de ser capaces de apropiarse del otro. No solo en un aspecto cultural. Buscan la apropiación completa de la vida privada. De la imagen, de los recuerdos, hasta de las ideas.

¿Cómo quieres que los chilenos recuerden a tu abuelo?
Como quien desbarató la solemnidad. De la poesía, la política, del modo de pensar chileno. De cómo elevó algo tan postergado como nuestra idiosincrasia y las raíces campesinas y coloniales. La poesía fue su manera de golpear el tablero, de darles un golpe bajo a muchos aspectos de nuestra cultura. Él fue un golpe, una bomba atómica.

¿Has soñado en estos días con Nicanor?
Sí, he soñado con mi abuelo, pero en la mañana ya no me acuerdo. No he podido recordar ningún sueño con él en estos días.

***

¿Qué tenís, Nicanor?

En 2001 mientras el antipoeta preparaba su discurso para agradecer el premio Reina Sofía y se inauguraba en Santiago su exposición Artefactos visuales, PAULA le hizo una extensa entrevista donde revela su ingenio e intelecto, pero también su lado afectivo. Aquí, republicamos una versión más acotada.
Por Claudia Donoso / Fotografía: Alexandra Edwards

En 2001 Nicanor tenía 86 años y había regresado a Santiago para estar cerca de su nieta Josefa Cristalina (con ella en la foto). “¿Porque qué hago yo en Las Cruces sin la Josefa? Esa es la pregunta. Ella puede más que el océano Pacífico”.

¿Así es que Parra también era artista plástico?
Esa expresión no me gusta mucho. Artista plástico. Yo me definiría con una palabra que le escuché una vez a Enrique Lihn: operador. Esa palabra me parece mucho más plausible que artista, porque esto es contra el arte y ¿qué es un operador?, ordinariamente un mecánico, un tipo que mueve palancas cuando algo se echa a perder.

Eso se amarra con la línea de Duchamp de poner el arte a la altura del común de los mortales. ¿Qué vuelta de tuerca crees tú que diste, con lo tuyo, en relación a ese referente?
A diferencia de los de Duchamp, estos artefactos visuales dependen de una leyenda que pone la crítica al alcance del lector. Aunque, finalmente, llegué a un trabajo que no requiere de la palabra y que, para mi gusto, es lo más potente que se exhibió en Madrid: el ataúd parado sobre un catre de hospital. No pude encontrar la frase para hacer explotar el objeto inerte y todo lo que se dijera lo empequeñecía, lo que me parece muy bien porque quiere decir que llegué a una zona en que la palabra ya no es necesaria.

A propósito de ataúdes: son protagónicos en tu poesía.
Es que hay razones biográficas. En Chillán vivíamos al lado del cementerio, así es que los funerales eran cosa de todos los días y la calle nuestra estaba llena de fábricas de ataúdes. Yo iba todas las tardes a estudiar al cementerio, porque era el lugar ideal para aprenderse las lecciones.

La idea del arte antiornamental que tú practicas también formó parte de programas vanguardistas –como la Bauhaus– que abogaron por la funcionalidad. ¿Te sientes cerca de eso?
Yo diría que sí, pero hay que tener cuidado también porque con la modernidad se llegó a un extremo tal en materia de geometrización de la vivienda que se perdió algo que los arquitectos llaman la habitabilidad.

Brasilia sería un ejemplo arquitectónico de las aberraciones del logos…
Los monstruos de la razón los llamaban a esos. En el caso del esperanto, por ejemplo: óptimas las intenciones, pero no funcionó para nada. Parece que las sociedades evolucionan como evoluciona el lenguaje: con colores propios. ¿Cuántos años vivimos, especialmente los que nacimos a comienzos del siglo XX, bajo la ilusión de la revolución? Y nos encontramos con que la sociedad soviética resultó ser mucho más siniestra que la capitalista.

¿Habría entonces que rendirse y dejar que las cosas sigan su propia inercia?
Está visto que el neoliberalismo en ningún caso resuelve el problema. Lo que está claro es que ahora se trata de la supervivencia del planeta y todo lo que se haga debiera hacerse en esos términos. Lo único a que se puede aspirar es a soluciones de parche. Yo tiendo cada vez más a simpatizar con ese planteamiento. Me resisto a pensar que se pueda formular un sistema viable en todos sus pormenores, por la sencilla razón de que las variables que están en acción en la vida social no son abarcables por la mente humana.

Ahí la pregunta del millón de rublos es: ¿qué se podría decir, en el mismo plano, de la relación hombre-mujer?
Yo he pensado en eso y pasa lo que en la fábula de Aquiles y la tortuga. La mujer es la tortuga y Aquiles es el hombre: nunca la puede alcanzar. Cuando el hombre llega al lugar de la mujer, ella ya va un paso más lejos y, en la ruptura, la mujer siempre deja al hombre perplejo y con la boca abierta. Yo solamente una vez, y por accidente, me las arreglé para que fuera ella la que quedara en el aire. Sucedió que ella me llamó por teléfono y yo, por el temor de que se me enfriara la cazuela le dije: “Bueno, eso sería todo por ahora. Chao”. ¡Yo dije chao! Y por el otro lado del teléfono ella gritó: “¿Quéeeeeee? ¿Cóoooomo?”.

Siempre habría un trecho ciego donde no hay información.
Ahí está la complejidad, y eso tiene que ver con la ciencia del caos. Hasta ahora todas nuestras consideraciones habían estado inscritas en un principio muy general que es que pequeñas causas provocan pequeños efectos: esa es la mirada de la física tradicional. Desde ese punto de vista, pequeños errores provocan pequeñas consecuencias pero está visto que no es así y ese paradigma ha sido cuestionado por los físicos del caos. Un tris puede provocar una catástrofe: el famoso efecto mariposa según el cual el aleteo de una mariposa en Pekín puede provocar el derrumbe de un rascacielos en Nueva York.

¿Qué tipo de desastres cabría entonces esperar?
Cualquier desastre o antidesastre se puede esperar.

Pero tú has dicho: “Porvenir: una bomba de tiempo. Al paso que vamos en el año 2000 comeremos kk. Dificulto que alcance para todos”.
Claro, pero esas no son afirmaciones mías, ni negaciones tampoco. No hay que tomarlas como opiniones personales sino como una poesía que podría llamarse de análisis combinatorio. Son configuraciones que se presentan a la consideración del lector. Yo no respondo, pero eso no significa que yo sea un alarmista. Y, para que no se siga pensando que lo soy, contesto con un artefacto: “¿Alarmista? Sí, pero moderado. Homosexual, eso sí que platónico. Ni socialistoide ni capitaloide sino todo lo contrario señor rector. Ecologistoide muerto de susto. Una pulga en el oído del minotauro”. Yo confío en la complejidad.

Te dije que no descartaba la mutación. O sea, la posibilidad de un superhombre, pero no el de Nietzsche sino el superhombre como la súper mosca; es decir, un tipo que resiste mejor las inclemencias del tiempo no más.

Lo terrorífico es que ahí se acaba lo humano.
De acuerdo a como se piensa lo humano en la actualidad. Pienso que ese superhombre puede llegar a ser inmortal: no tengo ninguna razón para descartar esa posibilidad.

¿Encuentras que este momento histórico es muy distinto a otros que hayas vivido?
Muy distinto. Uno mide esto por el estado de ánimo. Por una parte yo nunca me había sentido más libre, porque no tengo que rendir examen frente a ningún comité central; pero, por otra parte, como todo es posible, hay que estar pre-parrado parra todo. Y aquí llegamos de nuevo a Hamlet que dice: Let be. Si no sabemos nada de nada, ¿qué sentido tiene tratar de evitar lo inevitable? La última vez que entré al quirófano fue el año pasado y tenía que preguntarle a alguien qué me recomendaba en un caso así porque mal que mal yo tenía 86 años y era mi tercera intervención a la próstata. Ayayay. Nadie fue capaz de contestarme nada. Yo dije: “Bueno, recurriré entonces a mi libro de oraciones, Hamlet. Let be. Sea lo que el abismo determine”.

¿Sustitúyase la palabra abismo por Dios?
Claro. El común de los mortales lo hace así. Que sea lo que Dios quiera. Yo prefiero usar la palabra abismo en vez de Dios. La palabra Dios me pone los pelos de punta. Además, algunos piensan que no se puede hablar de Dios porque Dios estaría haciéndose –“is in the making”– y, por lo tanto, es al final de los finales cuando va a constituirse.

Todo esto hace que la así llamada realidad sea infinitamente poco nombrable.
Pensable.

¿Qué se puede hacer entonces?
Antipoesía. O sea, hay que hablar en serio y en broma. Hay que jugar; es decir, reemplazar el homo sapiens por el homo ludens. Por ahí iría la cosa. Por ejemplo, yo juego con la Josefa, mi nieta, me entiendo a las mil maravillas con ella y logos no tiene nada que ver ahí. Es un amor correspondido y lo que más hacemos es jugar. Nos entendemos con la expresión corporal, ruidos, chillidos y esa relación marcha a las mil maravillas.

La Josefa

¿La Josefa explica que hayas dejado Las Cruces y te hayas venido al esmog de Santiago?
Imagínate. Porque, ¿qué hago yo en Las Cruces sin laJosefina? Esa es la pregunta.

¿Tan grave es la cosa?
Exactamente. Es decir ¡e-lla le-ha–ce–el–pe–so–al–o-cé–a–no–Pa–cí–fi–co!

Tu hijo Juan de Dios –padre de Josefina– y Colombina –madre de Tololo– son músicos como muchos en tu familia. Y tú, ¿tienes algún tipo de conexión con la música?
¡Síii! Incluso yo me encierro algunas veces a aprenderme una canción. La última que perseguí por cielo y tierra es una canción de Nicola di Bari.

Me encanta.
Es ídolo mío. Un vagabundo como yo que busca la felicidad sabe muy bien que en este mundo solo hay amor. Yo esa la di vuelta: Un viejo verde como yo que no le teme a la verdad sabe muy bien que en este mundo solo hay dolor y nada más. Otra canción de Nicola di Bari que me gusta mucho es Gitano es mi corazón: Sin culpa estoy yo, gitano es mi corazón... Venecia sin ti, de Aznavour también, y otra donde se le está muriendo la mamá. Y antes estuve interesadísimo en Una furtiva lágrima de Caruso. Espectacular. Pensaba ponerla en una vitrola para terminar un acto donde tenía que dar un discurso que yo terminaba “con una lágrima en los anteojos”.

¿Y qué le vas a decir a la Reina Sofía cuando te toque ir a recibir el premio en noviembre?
Yo le voy a decir que yo creía que los españoles andaban con plumas. O mejor los ingleses…

Cuestión de cortesía.
Right. ¿Qué puede decirle un descendiente de conquistador con alguna sangre mapuche y con más formación europea que mapuche a la reina de España o más bien a Europa? La idea es que, en contra del principio de la termodinámica y de la flecha del tiempo, debiéramos volver a España así como los ingleses se fueron de la India y de Sudáfrica. Eso es lo que estoy tratando de redactar. Por ejemplo: “Grandes problemas, grandes soluciones. Vuelta a la Madre Patria”. Volver a la Península Ibérica después de 500 años de ecoturismo depredador y sangriento. Nada de qué admirarse. Somos tan celtíberos como ustedes y ustedes tan alacalufes como nosotros, un poquitito más diría yo.

Parece que a los españoles les ha costado más entender la antipoesía que, por ejemplo, la poesía de Gonzalo Rojas…
No sé yo. Eso lo sabes tú. Pero fíjate que me encontré con esto (se para y vuelve con un libro de la colección Austral, Las cien mejores poesías de la lengua castellana). Veamos cuáles son los chilenos que están ahí… Neruda, Huidobro… ¿Y? Y Parra. Y listo. ¿Cómo que no tengo entrada en España? ¿De dónde salió esa especie? Así es que también escribí esto para el discurso: “Por fin una buena noticia. Falso, de falsedad absoluta que los españoles se hayan quedado pegados en el Siglo de Oro para siempre como suele decirse por ahí. Gracias su majestad por este premio, tan contundente como inmerecido. No me pellizco para no despertar. Es un honor muy grande para mí y lo recibo con una lágrima en los anteojos”. Esos son lugares comunes de los discursos míos.

¿Te habrás librado entonces de la fantasmagoría del Nobel con el Reina Sofía, que es mucho más relevante?
Pero el Nobel no deshonra a nadie. Tengo varias respuestas prefabricadas para esa pregunta. Si no se lo dieron a Shakespeare ni a Cervantes por qué me lo van a dar a mí.

¿Y qué con la famosa posteridad?
¿Cuándo comienza la posteridad? La posteridad ya quedó atrás, leí por ahí yo una vez. Ya superamos la posteridad. Recuerdos del futuro, dijo otro.

Siempre juegas con el gesto de volver hacia atrás, como en esto de que la consigna es volver a España o como en tu poema El mundo al revés en que sacan al muerto de la tumba.
Sacan al muerto de la tumba, hacen los discursos, lo suben en el carricoche y lo llevan hasta la puerta donde los está esperando la carroza. Suben el ataúd a la carroza y la carroza arrastra a los caballos. Llegan a una casa, sacan al muerto del ataúd y lo ponen en la cama, el enfermo se levanta pesca una bicicleta y desaparece retrocediendo.

Detrás de la lógica del absurdo que manejas se adivina a Lewis Carroll…
Me interesa mucho. Claro.

También era matemático.
Y también le gustaban las lolas.

Las niñitas.
Las Josefa. Pero el interés mío en las niñitas es puramente platónico. ¿Tú la conoces?

La vi esta mañana, pero no me acerqué porque creo que a los niños no les gusta que los interrumpan ni que les den bola sin asunto.
Es lo mejor que se puede hacer y es gracias a eso que la Josefa es amiga mía.

¿Cómo lo haces para que ella te cotice?
Distancia. Y seguirle la corriente. Y unos chocolatitos. ¡Controlar el impulso de besuquearla! No hay manera más fácil de perder a una guagua que besuquearla.

Es que cuando a uno le gusta un niño una de las cosas irresistibles es el olor de la piel.
El olor del pelo en una niñita. La Josefa es una belleza exótica del Medio Oriente.

Sigue leyendo la entrevista completa, acá. 

***

Don Nicanor y Doña Carmen

La historiadora y cientista política Carmen Fariña (70) estaba en pleno proceso de investigación, para una reedición del epistolario de Diego Portales, cuando en 2001 el rector de la UDP le encargó entregarle personalmente a Nicanor Parra una invitación, que lo convocaba a recibir una medalla en reconocimiento por su obra. Desde entonces comenzaron una “relación intelectual exquisita” a través de Portales, que culminó en 17 años de amistad e irrenunciables visitas semanales que aquí relata Carmen, una de las pocas personas externas a la familia que acompañó al antipoeta hasta sus últimos días.
Por Almendra Arcaya L. / Fotografía: archivo personal de Carmen Fariña.

El primer encuentro fue en El Tabo, en el restorán El Kaleuche, y la acompañó el poeta Raúl Zurita. Ella conocía la obra del antipoeta, pero nunca lo había visto en persona. Ese día le pareció un hombre “muy atento y amable, pero desconfiado”. “Don Nica tuvo muchas experiencias de deslealtades en su vida”, dice hoy.

-Dígale a su rector que sí, que voy a ir allá y aceptaré la medalla -, le dijo Nicanor, al finalizar el almuerzo.

Un día antes de la ceremonia, Carmen lo llamó para coordinar la hora en la que lo iría a buscar, pero Nicanor había cambiado de parecer. “No, yo voy a aceptar la medalla cuando conozca al personaje”, le respondió tajante. Se refería a Diego Portales, figura que Carmen conocía bien luego de que le encargaran elaborar la reedición de su epistolario, publicado en 2007. Se había inmiscuido en los archivos de la Biblioteca Nacional, había leído biografías y realizado una serie de entrevistas, y había tenido acceso a cartas públicas y personales.

“A través de Portales comenzamos una relación exquisita. Él me pedía libros del siglo XIX y algunas de las cartas que había recopilado, que le llevaba una vez al mes. Nos reíamos mucho tratando de descifrar las cartas y, a veces, él me llamaba por teléfono y comentábamos, o me dictaba artefactos, a favor o en contra de Portales. Un día me dijo: ‘Cambié a Shakespeare por Portales. Shakespeare es la duda, to be or not to be. Portales es pragmático, to do or not to do’”, recuerda Carmen riendo.

La estatua de Don Diego Portales / amaneció plagada de palomas / cero problema según el comandante del ejército de la salvación / las palomas saben lo que hacen –se lee en una hoja escrita a computador que ella guarda.

“Don Nicanor” -como ella siempre le dijo-, se obsesionó con dos cartas. “Una era la famosa carta de La señorita Z. En ella Portales se refiere a una mujer, que reclama que él se case con ella y que reconozca a su hijo. Él la tilda de amoral. Cuando Portales habla de la señorita Z estaba en Lima, en negociaciones, pero nunca supimos con Don Nicanor si la señorita Z era limeña o chilena. Él siempre decía: ‘Hay que ir a descubrir quién era esta señorita Z’, y cuando quería referirse a alguien amoral, decía: ‘esta es una señorita Z’”, recuerda.

La otra, cuenta Carmen, era de 1831 y estaba dirigida a Antonio Garfias, amigo y secretario de Portales. “Las familias de rango de la capital, todas jodidas, beatas y malas, obran con su peso enorme para la buena marcha de la administración. Dígales que si en mala hora se me antoja volver al Gobierno, colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha”, lee Carmen, soltando una carcajada, de una libreta azul, donde registró escenas y recuerdos con Nicanor. “Don Nicanor con esa carta se mataba de la risa, le encantó que fuera tan del garabato”, recuerda.

Esta fue una de las primeras fotos que Nicanor y Carmen se tomaron juntos, a las afueras del restoran El Kaleuche, en El Tabo, durante 2004, lugar al que solían ir a almorzar.

En 2004, cuando Nicanor tenía 89 años y Carmen asumía como decana de Humanidades de la UDP, ella le ofreció ser director de honorem de la carrera de Literatura. Él accedió, y en la contratapa de su libro How to Look Better & Feel Great (1954), le escribió: “En represalia por haberme sacado de la tumba”.

Para entonces, las visitas a Las Cruces de “Doña Carmen” –como él siempre le dijo-, se volvieron semanales, siempre al almuerzo. El menú variaba entre cazuela, carbonada, humitas con tomate y empanadas de queso y marisco, que Carmen llevaba junto a un vino tinto, siempre cabernet sauvignon. Carmen, cuenta, nunca fue sin avisar. “A su casa nomás llega”, le decía él.

– ¿Se da cuenta, Don Nicanor, qué honor es para mí estar almorzando con usted, solos, mirando el mar? –le dijo un par de veces Carmen, mientras comían en un comedor pegado a la cocina, que en la pared lucía un cuadro de “la Violeta”.
– El honor es mío –le respondía él, quien escasas veces la llamó también “Carmencita”.

Su abuelo paterno, de su madre, Clara Sandoval, y de su hermana Violeta; Juan Rulfo, Shakespeare y Portales; el profesor que lo ayudó a entrar al Instituto Nacional Barros Arana; o el autor que estuviera leyendo, eran tema de conversación. Carmen comenzó a relacionarse cada vez más con Colombina, su hija, y Tololo, su nieto. “De pronto empecé a ser parte… como amiga de la familia”, dice, y recuerda una escena en particular, el 7 de mayo de 2016, cuando Colombina se casó con el empresario José Ureta Morandé y Carmen convenció a Nicanor de asistir a la fiesta de matrimonio.

“Llegamos a Las Cruces a buscarlo con mi marido (el economista Rodrigo Egaña) y él andaba con pantuflas y pijama debajo del pantalón. Insistimos con que fuera, con que era su Colombinita, pero él dijo que no. A las 4 de la tarde, cuando nos íbamos, dijo: ‘Voy a ir, pero voy a ir tal cual’. Lo convencimos de que la Rosita (su nana) lo amononara. Le puso una camisa blanca y un chaleco, y partimos, él con su burrito. Tololo nos esperó con la carpa abierta, para entrar el auto y que él no tuviera que caminar tanto. Esa fue la primera vez que vi a sus tres hijos (menores) y nieto tan unidos, lo abrazaban y nos agradecían. Don Nicanor bailó sentado con la orquesta en vivo del Barraco (Juan de Dios Parra), picoteó un poquito de comida y se tomó un whisky. A medianoche lo fuimos a dejar”, recuerda.

El bajón vino a mediados de 2016, año en que Nicanor comenzó a estar más sordo. Ese mismo año también, Carmen empezó a reemplazar los almuerzos en restoranes por paseos a la caleta de San Pedro o a la Cueva del pirata, en Cartagena.

“Un día llegamos y no estaba contento. Dijo: ‘Esto es el caos, entran y salen cuidadoras y enfermeras distintas. Lo único que quiero es caminar y caminar a la playa, y hundirme en el mar. No sé qué pasará con esto, pero no hay nada que hacer, hay que leer al poeta colombiano Gonzalo Arango, líder del nadaísmo”, lee en su libreta.

“Don Nicanor ya no oía, pero igual conversábamos, a veces le escribía en un papel para no gritarle, y él respondía. Era tan fácil conversar con él, era tan entretenido, todo lo cotidiano lo llevaba a la literatura… muchas veces me decía: ‘no se vayan’, y se quedaba ahí en la puerta. Ese año se empezó a ir para abajo, no en la conversación, sino en lo físico”, cuenta, y asegura que en 2017 dio un vuelco.

“Se dio cuenta que todo empezaba a marchar de nuevo, que sus hijos y nietos se estaban preocupando de ordenar sus cosas. Estaba feliz de ver su casa en La Reina, era lo que más quería. Creo que eso lo dejó irse, y su corazoncito se paró”, asegura Carmen.

La última tarde que se vieron fue en Las Cruces, el 31 de diciembre, 23 días antes de que Nicanor muriera. Ese día se sentaron uno al lado del otro y miraron el mar en silencio. Comieron empanadas de queso-camarón e hicieron un último brindis, con una copa de vino tinto, siempre cabernet sauvignon. “¿Sabes qué me pasó? Al final, yo quería estar con él nomás, no quería forzarlo a conversar. La última vez que nos despedimos yo lo veía venir, su voz estaba apagadita, más calladita”, recuerda Carmen.

-Qué agradable la brisa que viene del mar. Mire cómo está este bosque acá abajo, ya me tapó la playa –le dijo él, en voz baja, mientras ella le acariciaba su mano.

***

Los manuscritos rescatados

Casi 30 cuadernos han sido recuperados desde que Tololo hizo un llamado público para que quienes los tuvieran en su poder los devolvieran voluntariamente. También han llegado de vuelta un reloj de pie, muebles, objetos. Y han presentado una querella contra el anticuario César Soto, quien presuntamente tiene numerosos cuadernos de Parra en su poder. La familia planea en un futuro hacer una fundación y convertir las casas de Las Cruces y La Reina en un museo. En esta tarea cuentan con el apoyo de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica, que está a cargo del detallado inventario que incluye libros, manuscritos y objetos de sus casas. Tololo y su prima Josefa Cristalina han hecho un cálculo de cuántos cuadernos faltan, considerando que, en promedio, Nicanor se demoraba tres semanas en llenar un cuaderno. Escribió en ellos hasta el final.

Acá, más imágenes de sus manuscritos, tomadas por Alejandro Araya:

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