Vestirse elegante; una bolsa de gatos

Moda

Vestirse elegante; una bolsa de gatos

Por Nina Mackenna

Elegante= adj. Dotado de gracia, nobleza y sencillez. / Airoso, bien proporcionado. / Dicho de una persona: que tiene buen gusto y distinción para vestir. (Real Academia Española.)

Elegante= adj. Dotado de gracia, nobleza y sencillez. / Airoso, bien proporcionado. / Dicho de una persona: que tiene buen gusto y distinción para vestir. (Real Academia Española.)

De todos los desafíos que significan vestirse, elegir un atuendo, consolidar un estilo a través del tiempo, vestirse elegante es, para la mujer más que para el hombre, el reto más complejo; un peligroso precipicio que nos puede llevar a rodar por el abismo. Las tentaciones que ofrece el mercado, las posibilidades de géneros, siluetas y humores a representar son infinitas. Ahí se esconde el gran peligro. El hombre ante las directrices de un dress code que le anuncie, por ejemplo, “tenida formal” o “elegante”, bien sabe que lo que debe usar es un traje oscuro, con camisa y corbata. La mujer, ante la misma demanda, entra en un hoyo negro de especulaciones y opciones, en las que se jugará su gusto, tino y visión. Salir bien parada de allí es, en la mayoría de los casos, una empresa de éxitos esquivos. Desde lo más evidente, como cuán elegante es elegante, hasta qué color o largo es adecuado, cuánta piel o escote queremos enrostrarle al prójimo, si lleva medias o no, si son brillantes u opacas, pelo tomado o suelto, etc, todo parece confabularse para hacer de un acto aparentemente fútil, una jugada de implicancias insospechadas. Verse recatada o sexy; deambular serenamente en los territorios seguros de la distinción o cruzar a las peligrosas pero excitantes ciénagas de la vulgaridad y no perder la elegancia en ese tránsito. Son preguntas que nadie puede contestar por uno y cuyas respuestas se encuentran en lo más recóndito del alma femenina. Pero la elegancia, con todas las dificultades que impone, es abordable con disciplina, interés y nunca perdiendo de perspectiva quién es uno. Otra cosa es el estilo, terreno misterioso y de improbable conquista. Ni todo el esfuerzo del mundo logrará adquirirlo. Su misterio descansa en la imposibilidad de dar con una definición adecuada. Simplemente lo reconocemos cuando lo vemos.

El vestido de novia, la jugada extrema
Con el vestido de novia, si bien las opciones se reducen drásticamente, la jugada se vuelve más trascendente y sus consecuencias duran toda la vida. Quien se equivoca ese día, no tendrá espacio para la reivindicación. Al no tener posibilidades, dado que los códigos de color, largo y formas son bastante restrictivos, entramos de lleno en el mundo de las sutilezas y, en ellas, el buen o mal gusto se expresan tan despiadadamente como cuando las opciones llueven. El submundo de las tonalidades blancas se vuelve todo un tema, siendo el blanco albo mirado con desdén en ciertos círculos en pos de una alabanza desproporcionada al blanco marfil. Cuestión de gustos reclaman algunos, pero parece ser más enmarañado que eso. El enjambre de intensidades de brillo u opacidad del género, la austeridad o barroquismo en los adornos adjuntos, todo delatará a quien se enfunde en él.

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