En el lugar de mi padre
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14 Agosto, 2012

Testimonio

En el lugar de mi padre

El ex presidente del Colegio de Periodistas y editor de Las Últimas Noticias durante 33 años, Enrique Ramírez Capello (67), lleva un año y medio tetrapléjico, luego de hacerse una infiltración cervical, procedimiento de rutina que, además, es ambulatorio. Aquí su hija Soledad, que se ha encargado de cuidarlo, cuenta el calvario de su padre, que antes de esa operación era profesor universitario y un viajero incansable y que hoy, sin poder moverse, lucha porque el hospital donde fue operado, admita el error que lo dejó postrado.

Por Daniela González / Fotografía: Carolina Vargas / Producción: Álvaro Renner / Maquilladora: María José León para Dior / Agradecimientos: Falabella

Son las cinco de la tarde del jueves 12 de julio y Soledad Ramírez (arquitecta, 35) inicia el mismo ritual que viene realizando desde hace 481 días. Apaga el computador, se pone el abrigo, toma la cartera y cierra la puerta de su casa para iniciar el recorrido de cada tarde: sube al metro en la estación Baquedano y se baja en Pedro de Valdivia; cruza el puente de La Concepción y llega a la Clínica Indisa donde atraviesa los pasillos con familiaridad hasta llegar a la UTI, a la habitación 608, la de su padre.

–Hola papá, ¿cómo estuvo tu día?–, pregunta Soledad, dándole un beso en la mejilla.
–Igual que siempre: aburrido–, contesta el padre, vestido con un pijama azul y sentado en un sofá con las piernas cubiertas por una manta. El televisor está encendido.

Enrique Ramírez Capello, 67 años, separado, dos hijos, y periodista de larga trayectoria –fue por 33 años editor de Las Últimas Noticias y ex presidente del Colegio de Periodistas entre 2002 y 2004–, no puede mover su cuerpo. Salvo el brazo derecho, con mucha dificultad, y la cara muy lentamente. Tiene una traqueotomía, habla con la ayuda de un aparato que le ponen en la tráquea y se alimenta con sonda gástrica. Está tetrapléjico desde el 21 de febrero de 2011, cuando acudió al Hospital Clínico de la Universidad Católica para hacerse una infiltración cervical por su dolor de espalda.

Hasta antes de ese día, Enrique Ramírez era profesor de Estilo y Redacción Periodística en la Universidad Diego Portales, la Universidad Mayor, la Universidad del Desarrollo y la Uniacc. También escribía para la revista de Carabineros, para La Nación online y para el diario El Sur de Concepción. Después de esa infiltración, planeaba irse de vacaciones a Chiloé. Llevaba meses con un dolor molesto en la parte alta de la espalda, por lo que –asegura su hija– su médico tratante le recomendó someterse a la infiltración, un procedimiento donde se inyectan corticoides y anestésico local, con un efecto antiinflamatorio, generalmente en la zona lumbar, aunque en este caso sería cervical. Sería algo sencillo y ambulatorio. Pero algo salió mal.

21 de febrero de 2011

Era lunes y, esa mañana, Enrique Ramírez pasó al banco a hacer trámites y acordó con su hija Soledad ir a almorzar después de la infiltración en Plaza Italia o Bellavista; como era cerca, se irían caminando. Al mediodía, Soledad, cuyo departamento está a tres cuadras del de su padre, lo pasó a buscar, llegaron juntos al Hospital Clínico UC y ella se acomodó en la recepción a esperar a su padre. El procedimiento –le dijeron– duraría 20 minutos. Pero Soledad esperó 40 después de los cuales una enfermera le pidió que pasase a ver su padre a una sala de recuperación.

El calendario de la cocina de Ramírez Capello quedó detenido en febrero de 2011. “Ese mes la vida de mi padre y la mía se paralizaron”, dice Soledad.

Allí estaba Enrique Ramírez tendido en una camilla, muy agitado emocionalmente. “Hija no siento el cuerpo. No puedo moverme”, le dijo. Ella comenzó a pegarle en las piernas y los brazos una y otra vez. Se puso nerviosa y tocó varias veces el timbre para que vinieran los doctores a explicarle qué pasaba. Tanto las enfermeras como los médicos que entraron a la sala, –cuenta ella–, le dijeron en ese momento lo mismo: “no pasa nada; su padre está muy nervioso”. Pero se percibía inquietud entre el personal a cargo. Lo trasladaron a urgencia a un box donde entraron cerca de nueve médicos. A esas alturas Ramírez respiraba con dificultad y debieron conectarlo a un ventilador artificial. “Los médicos me dijeron que era una inflamación que se iba a pasar”, relata Soledad. Salió de la sala y llamó a sus tíos, a su pareja, a su hermano. Todos llegaron. Hasta las dos de la mañana esperaron en el hospital, esperanzados en que todo se iba a solucionar y volverían a la casa. A Soledad el hospital le pidió que firmara un documento para autorizar que su padre quedara internado por algunos días. “Estaba muy nerviosa, lo firmé sin saber bien qué era, pero recuerdo una palabra de ese documento escrita a mano: tetraplejia”.

Buscando una respuesta

Durante los primeros 10 días posteriores a la infiltración, Soledad asegura que no tuvo acceso a la ficha clínica de su padre, a pesar de que la pidió incesantemente a las enfermeras y médicos que trataban a su padre. Ella quería conocer cuál era el diagnóstico, porque –relata– nadie le daba una respuesta de qué había sucedido y cuánto duraría el estado de inmovilidad en que se encontraba su padre. Soledad cuenta que el médico que practicó el procedimiento nunca accedió a conversar con ella. Quien sí la visitó fue el contralor del hospital, György Szanthó: “Le pregunté qué era lo que había pasado y me respondió que para qué quería saber eso, que no me preocupara de averiguar, que me dedicara a cuidar a mi papito mejor, que pronto mejoraría. Me hablaba como a una cabra chica, lo que empezó a molestarme mucho. Me sentí obligada a sacar personalidad y a ponerme firme”, dice Soledad.

Reclama Soledad que pasaron dos meses antes de que ella y su padre fueran recibidos por el director médico del hospital, Ricardo Rabagliati, pese a que habían pedido una reunión desde los primeros días oralmente y por escrito. La cita la formalizó el hospital a través de su coordinadora de prensa, Tahía English, el 26 de abril en la noche, poco después de que una periodista de LUN acudiera al hospital para entrevistar a Ramírez Capello. Fueron citados para el día siguiente, a las 9:00 de la mañana. La nota de LUN salió esa misma mañana, con Ramírez Capello pidiéndole explicaciones al Hospital de la UC.

Para trasladar a su padre a la sala donde se efectuó la reunión debieron amarrarlo a la silla de ruedas, ya que en ese momento el periodista no tenía la capacidad muscular para mover ninguna parte de su cuerpo ni para mantenerse sentado por sí mismo y sufría espasmos en las piernas. Acudieron acompañados por dos amigos de Ramírez, el presidente del Colegio de Periodistas, Marcelo Castillo, e Iván Cienfuegos, ex director de El Sur de Concepción y de La Tercera. Por parte del Hospital de la UC estaban el director médico, el contralor y la coordinadora general de comunicaciones Red Salud UC, Daniça Goles.

“Fue una reunión muy cruel. No hubo deferencia hacia mi padre. No hubo una actitud de ofrecernos apoyo, de darnos una explicación o de ponerse en nuestro lugar. Se limitaron a señalarnos de que el procedimiento había estado bien hecho, que en la literatura médica mundial se han dado uno o dos casos similares y que era único caso en Chile. El contralor enfatizó que cualquier persona sabe que si va al doctor y se somete a algún procedimiento, corre riesgos. Fue muy poco delicado: recuerdo que dijo que hasta cuando uno se hace una intervención en el dentista se puede morir. Pero eso lo explicaron en ese momento –dos meses después de la intervención–, y no antes del procedimiento.

A mí me costó mucho concentrarme porque estaba preocupada de mi papá que por primera vez salía de la pieza en la que había estado confinado. Se sentía muy mal, le corrían las lágrimas. Varias veces me dijo: ‘me quiero ir de acá, me quiero ir’. Él se sintió muy impotente. Yo entiendo que alguien pueda cometer un error, es humano. Lo que no logro entender es por qué no nos han podido decir qué fue lo que ocurrió. Buscamos una explicación y, por eso, en ese momento, fui muy clara al decirles a todos que si, para conseguirla, más adelante tendríamos que acudir a tribunales, lo iba a hacer. Respondieron que no ameritaba, que el procedimiento había estado bien hecho y que si hacíamos eso dejábamos de ser amigos y se acababan todas las buenas relaciones”. Dos días después lo dieron de alta.

Pero la realidad es que Ramírez no podía volver a una vida ni remotamente normal. Con un infarto medular y una tetraplejia declarada, Ramírez Capello no se movía, no podía sentarse solo, no afirmaba su cabeza, con vejiga neurogénica (incapaz de controlarla) y “si lo ayudaban a sentarse, no afirmaba ni siquiera por un segundo su cuerpo, caía como peso muerto para el lado en que lo dejaban. En ese tiempo ni siquiera afirmaba su cuello”, añade Soledad. Por eso, el periodista necesitaba una atención y rehabilitación de alta complejidad, por lo que los cinco meses siguientes los pasó en la Clínica Los Coihues, recinto especializado en rehabilitación neurológica. Eso le implicó a Soledad desembolsar un millón de pesos mensuales, que era lo que no cubría la isapre. Todo lo que había ahorrado para su viaje a Europa, prácticamente todo el pie que había juntado para comprarse una casa, además de los ahorros e inversiones que tenía su padre ha tenido que usarlos para cubrir los gastos médicos derivados de la tetraplejia. Está endeudada y es un tema que le preocupa: su trabajo freelance ha disminuido porque necesita dedicar tiempo a su padre y a los trámites, y ya no genera los mismos ingresos que antes.

Para cubrir los gastos médicos derivados de la tetraplejia de su padre, Soledad ha tenido que usar todo lo que había ahorrado para su viaje a Europa, prácticamente todo el pie que había juntado para comprarse una casa, además de los ahorros e inversiones que tenía su padre.

Como el dinero no alcanzó para seguir manteniéndolo en Los Coihues, Enrique Ramírez debió trasladarse durante un mes al Hospital del Trabajador y después pasó cinco meses –desde noviembre del año pasado hasta abril de este año– en un hogar de ancianos, pues allí, por un mejor precio, podían disponer de una enfermera que lo viera todo el día. El 30 de abril de este año, producto de una neumonía, cayó en la UCI de la Clínica Indisa y le pusieron una sonda gástrica, un ventilador artificial y una traqueotomía, con lo que, durante dos meses, dejó de comer por sí solo y de hablar.

Hoy sigue recuperándose en la clínica, asiste al gimnasio de rehabilitación porque debe hacer ejercicios para mantener la movilidad que le queda. Sin embargo, la musculatura interior está afectada, por lo que no puede deglutir por sí solo y respira con mucha dificultad. Puede hablar con la ayuda de un aparato que le instalan en la traquea y lo hace lentamente, entrecortado, tomando aire antes de cada frase: “Fui por media hora y llevo más de un año… Económicamente he perdido todo. Añoro hacer clases… Y tampoco puedo dedicarme a hacer las columnas que tenía en la revista de Carabineros o El Sur, y dejo de tener esos ingresos o presencia periodística. No estoy habilitado para hacerlo. Mi hija se ha hecho cargo al ciento por ciento, ha hecho frente a los médicos y se ha coordinado bien con el presidente del Colegio de Periodistas y con los periodistas antiguos y jóvenes que me están apoyando”, cuenta. Sus momentos de felicidad son cuando va su hija, sus parientes y esos amigos periodistas de los que habla: como Bárbara Hayes, Rebeca Araya, Marcelo Castillo e Iván Cienfuegos.

Un año y medio

Lunes 30 de julio, cuatro de la tarde. Soledad sube al cuarto piso de un edificio antiguo en Plaza Italia y llega al departamento 46, que tiene en la puerta un pequeño letrero de metal dorado que dice: Enrique Ramírez Capello, periodista. Entra, enciende las luces y cuida de no chocar con nada, porque dentro hay un mundo entero que no deja espacio: cientos de matrioskas que repletan estantes, violines que cuelgan de una esquina del techo, ángeles dorados que brotan de la pared, balancines de caballitos de juguete en las mesas, una figura de El Principito del tamaño de un niño de 10 años. “Esta casa con vida era otra cosa. Siempre había gente, conversaciones, amigos de mi padre que se quedaban a alojar y terminaban tocando el piano, la guitarra, los violines”, dice Soledad, mientras selecciona algunos objetos que luego guarda en su cartera: una matrioska azul, una postal de Gardel y un muñequito de Charles Chaplin. “No sé qué haremos con esta casa. Mi papá no puede estar acá, la silla de ruedas no cabe en el ascensor y con su metro 80 es demasiado pesado como para subirlo. Además, debe tener una enfermera que lo cuide todo el día. Vamos a tener que ponerla en arriendo, pero desarmar una casa así no es fácil”, dice mirando fijamente un calendario pegado en el costado del refrigerador. Es un calendario de esos a los que a medida que pasan los meses, se les retira una página. Está detenido en febrero de 2011.

En este año y medio Soledad ha dejado de hacer cosas que siempre le gustaron, como ir a la playa o salir a comer. “Pienso que las 20 lucas que me gastaría en una comida me sirven más en comprar uno de los remedios de mi padre, que le dura 8 días”, dice mientras camina por Baquedano. De su sueldo, todo va para los gastos médicos de su padre. No le alcanza para aportar nada a su propia casa, y los gastos que antes compartía con su pareja, recaen ahora solo en él. Han debido restringirse mucho. De la idea de tener un hijo este año, nunca más se habló. Sus amigos le dicen que no tiene tema más que su padre, que debería hablar de otra cosa para despejarse. Pero ella asegura que no puede, que es lo único que ocupa su cabeza. “Mi pareja siempre le dice a mi papá que no me deje tan triste, porque después le toca a él hacerse cargo de mi pena. Ante mi padre intento mostrarme tranquila, animada, fuerte. He llorado solo dos veces frente a él. Pero cuando llego a la casa me desplomo.

A veces lloro en el camino de vuelta o con mi pareja, aunque también trato de controlarme frente a él porque ha sido muy contenedor y no quiero cargarle la mano. Tengo tres amigas cercanas que también me apoyan mucho. En las noches despierto agitada. Sueño con la cara del doctor que infiltró a mi padre, tengo pesadillas con las deudas… Pero tengo la esperanza de que mi padre esté mejor. Ya no de que vuelva a caminar, eso lo asumí. Pero sí de que pueda valerse más por sí mismo”.

A las cinco de la tarde Soledad cruza el umbral de la Clínica Indisa. Llega al cuarto piso, a la habitación 608 de la UTI. Su padre está vestido con una polera amarilla y hay varias visitas. Tiene fotografías nuevas pegadas sobre un cuadro. Soledad lo saluda con un beso y abre su cartera. Saca la matrioska, la figurita de Charles Chaplin y la postal de Gardel y las instala en una mesita, donde también hay un cuadro de Neruda, un Principito en miniatura, la radio con los discos de tango y un calendario de Colo-Colo. Quiere llevarle a su padre un pedazo de su casa.

–¿Cómo estuvo tu día, papá?
–Fui al gimnasio. Dos veces. Y vino la fonoaudióloga.
–¡Qué bueno, papá! Tienes que poner de tu parte ahora, hacer los ejercicios que ella te da: ¿los hiciste?, ¿has practicado?
En estos encuentros, padre e hija conversan y pelean también.

“Se está alimentando por sonda gástrica, entonces me dice que tiene hambre, que tiene ganas de comer, que tiene sed. Yo le digo que no puedo darle nada, que tiene que poner de su parte. Cuando me voy me dice que no me vaya, se pone a llorar”, dice Soledad. Cuando el periodista habla de su hija, suele emocionarse hasta el llanto.

–Mi hija se ha mostrado con independencia, valentía, justicia… Sacó personalidad… Siempre ha sido tímida, pero ahora tiene entereza para enfrentar a los médicos… Me viene a ver todos los días–, comenta Enrique Ramírez Capello.
–Pero tú quédate tranquilito con eso, pues papá. Tú quédate tranquilo–, le responde su hija.

Con la ayuda del abogado Alejandro Walter, Ramírez Capello presentó en marzo una demanda por indemnización de perjuicios contra el Hospital Clínico de la UC. La institución ya contestó, señalando que las circunstancias que afectan a Enrique Ramírez son fruto de hechos impredecibles propios del procedimiento realizado dado que la medicina no es una ciencia exacta.

Revista Paula quiso obtener la versión del hospital, pero obtuvo por única respuesta, a través de Tahía English, coordinadora de prensa de Red Salud UC, que su posición es no referirse al tema hasta que no salga una resolución de los tribunales y envió la declaración pública que el hospital emitió en mayo de 2011. En ella se señala, entre otros puntos, que “el paciente firmó un consentimiento informado de que la tetraplejia podía ser una de las consecuencias probables de la infiltración”. Pero Soledad rebate ese punto: “Eso no es cierto, yo tengo el consentimiento en mi poder y no dice nada de eso. Tampoco se lo comentaron verbalmente”. La sentencia de este caso puede tardar años, dice su abogado. “Mi padre y yo sentimos mucha impotencia. Queremos saber qué pasó, que nos den una respuesta. La indefensión en que hasta hoy se encuentra mi padre me indica que los derechos de los pacientes están en duda. Quiero que la justicia se pronuncie sobre esta tragedia que nos cambió la vida”. Pese a ello, Soledad acaba de recibir una carta que le avisa que la deuda con el hospital –de 3 millones de pesos– está vencida. De no pagar esa deuda, la carta advierte que iniciarán de inmediato un juicio en su contra, con los consecuentes embargos y molestias. Soledad aún no se anima a contarle a su padre que recibió esa carta.

Declaración del Hospital Clínico UC sobre el caso de Ramírez Capello.

Declaración Pública Paciente Enrique Ramírez
Emitida en mayo de 2011.
Red Salud UC informa:
1.- El equipo médico tratante del paciente Sr. Enrique Ramírez, ha supervisado en todo momento su evolución luego de producirse una insuficiencia respiratoria severa, derivada de una reacción inflamatoria medular que se produjo en forma posterior a una infiltración laminar cervical efectuada el día 21 de febrero de 2011.
2.- Los médicos, según cada especialidad y ámbito de competencia, han respondido permanentemente a los requerimientos y dudas que el paciente ha tenido sobre su estadía y complicación, extremadamente infrecuente y que está descrita en la literatura médica internacional. Cabe señalar que no se habían descrito en el país casos con este tipo de situación que corresponde a una forma particular de su organismo de reaccionar frente al procedimiento.
3.- En su oportunidad y luego de la solicitud formal, se entregó al paciente, copia de su ficha clínica y de los exámenes practicados, con el detalle de su evolución en diversas instancias, a él y a su familia en diversas instancias y reuniones.
4.- Según la regulación legal para los centros clínicos, Red Salud UC está obligada a resguardar la información médica, basados en la Ley de Derechos y Deberes del Paciente, que hace hincapié en que los datos de diagnóstico, hospitalización y ficha clínica son de exclusiva responsabilidad y manejo del paciente y el equipo médico. Ello impide entregar públicamente información explícita a todos aquellos que la soliciten, organizaciones gremiales, particulares e incluso familiares que no ostenten representación legal formal.
5.- En la actualidad el paciente requiere un centro especializado en medicina física y rehabilitación, con equipos dedicados y programas que en nuestro recinto no posee. En ese sentido su isapre a través de la cobertura del seguro catastrófico ha planteado que sea trasladado en los próximos días a otro centro privado que pueda abordar la nueva etapa centrada en la rehabilitación neurológica.
6.- La institución lamenta profundamente que esta complicación inesperada haya generado un cuadro que la medicina no puede explicar. Sin embargo, pone de relevancia la acción clínica que ha permitido hacer un manejo integral e intensivo de la situación orientada a la mejor evolución que su organismo permita.
7.- Las complicaciones y riesgos en medicina son parte del quehacer diario de los equipos tratantes, dependen siempre de cada individuo y su organismo, representan situaciones imprevisibles presentes en todo procedimiento y cirugía. En este caso, como en todos los que desarrolla la institución, el paciente firmó un consentimiento informado antes de realizar el procedimiento, fue tratado por un profesional entrenado para ello, con el equipamiento y la técnica adecuada y pese a todo ello su cuerpo reaccionó con el cuadro que hoy lo aqueja.

 
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