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8 Mayo, 2013

La pastoral de la diversidad sexual

Desde hace dos años un grupo de gays y lesbianas católicos y sus familias se reúnen cada quince días a reflexionar sobre la fe y la homosexualidad. Lo hacen bajo la guía de tres religiosos que acompañan sus procesos, ayudándolos a aceptarse tal como Dios los hizo sin por ello renunciar a su sexualidad o verse obligados a alejarse de la Iglesia.

Por Sofía Aldea / Fotografía: Sebastián Utreras / Producción: Camila Letelier.

Paula 1121. Sábado 11 de mayo 2013.

“Señor, si me quieres tanto, ¿por qué permites que me pase esto? Por favor, sálvame. Por favor, sácame esta porquería de encima”. Desde los 15 años, y hasta que cumplió 35, Alberto Alemparte (41) rezó todas las noches por dejar de ser homosexual. Veinte años de oraciones que tenían, como único fin, que Dios lo salvara. 7.300 súplicas para librarse de ese karma.

Ex alumno del colegio San Ignacio, Alemparte se considera un hombre de fe, al que le dolía que Dios permitiera que tuviera “el defecto”, como él pensaba, de sentirse atraído por los hombres. Porque para él la homosexualidad era sinónimo de pecado, de prostitución y de promiscuidad, ideas que, pese a no ser parte del discurso de su colegio, había escuchado en algunas autoridades eclesiásticas. Esto lo había llevado a cambiar su percepción de un Dios amable por la de uno castigador. Un Dios que por ser él hombre y desear a otro hombre, lo quemaría en el infierno. “Hasta los 35 años viví mi homosexualidad con una culpa horrorosa. La oculté, la negué, la disimulé. Y decidí auto-exiliarme de la Iglesia. Pero nunca perdí mi fe ni el anhelo de vivirla en comunidad”, dice.

En 2007, luego de años de culpa combatiendo sus fantasmas, Alemparte decidió, junto a un grupo de amigos también gays y católicos, reunirse una vez por semana para hablar de fe y espiritualidad sin ocultar su condición y compartiendo sus problemas e inquietudes. “La experiencia de fe siendo homosexual es diferente y complicada, ya que existe un profundo amor por Dios pero a la vez un camino doloroso, porque en el mundo católico no siempre es aceptada. Compartir las historias de vida y la experiencia de fe en grupo ayuda a vivir la religión en comunidad, que es parte de la invitación de la Iglesia Católica. Esto llenó ese vacío”, recuerda.

“Yo solo pido que se respete mi experiencia de fe y mi identidad”, opina Mauricio Martínez. “Hoy me siento un poco como los Selknam, a principios del siglo XX, cuando se los llevaron a Europa y los exhibieron en exposiciones mundiales. ‘Estos son los homosexuales católicos’, como si fuéramos marcianos”.

A este grupo llegó Ignacio (su nombre ha sido cambiado a petición suya), quien tiene 28 años, es ex alumno del colegio San Ignacio y un activo participante de la Comunidad de Vida Cristiana (CVX), una asociación laica internacional basada en la espiritualidad ignaciana reconocida formalmente por la Iglesia Católica y estrechamente vinculada a la Compañía de Jesús. Ignacio se sorprendió con el apoyo que encontró en el grupo de Alemparte y entonces decidió conversar con el sacerdote jesuita Pedro Labrín (47), Asesor Eclesiástico Nacional de la CVX de Chile, quien desde hace más de veinte años trabajaba con jóvenes católicos.

“Le pregunté a Pedro si alguna vez en las misas de la CVX algún cura jesuita había tenido algún discurso excluyente con los homosexuales, a lo que me respondió que no. Después de eso le confesé que era homosexual y que estaba participando de este grupo, y le planteé si podíamos generar un espacio en la CVX para tocar estos temas”, cuenta Ignacio. “Como gays católicos somos una minoría dentro de una minoría. Parte importante de asumir una orientación sexual diferente pasa por hacer de eso un pilar de tu identidad. Y, tal como nosotros nos sentimos atraídos por personas del mismo sexo, también tenemos experiencias de fe. Yo podría salirme de la Iglesia e incluso demonizarla, pero la Iglesia es parte de mi historia, por lo que creí que este era un espacio que había que ganar desde dentro”, asegura.

Labrín aceptó. “Me críe en una época en la que la homosexualidad se ocultaba. Pero la experiencia de ser sacerdote me ha permitido conocer a muchos jóvenes y darme cuenta de mi ceguera. Este ha sido también un camino para dejar mis prejuicios atrás”, explica.

El acuerdo inicial fue organizar tres reuniones preliminares, convocando a conocidos, y ver cómo resultaban. La primera, realizada a fines de 2010, juntó a 15 personas. La segunda, a 25. La tercera, a más de 30. Al término de la jornada llegaron a un consenso: la comunidad debía continuar. Fue así como nació la Pastoral de la Diversidad Sexual, el primer grupo chileno de gays y lesbianas bajo el alero de una comunidad laica reconocida por la Iglesia Católica.

Este es el equipo de religiosos y laicos a cargo de los grupos de la Pastoral de la Diversidad Sexual de la CVX. De pie, el sacerdote jesuita Pedro Labrín –Asesor Eclesiástico Nacional de la CVX Chile– y Soledad Undurraga, quien acompaña al grupo de padres. Sentados, la religiosa del Sagrado Corazón, María Eugenia Valdés, la acompañante del grupo de padres Pilar Segovia y el sacerdote jesuita Pablo Romero.

PEDIR PERDÓN
Sábado por medio, en las oficinas de la CVX en Providencia, se reúne la Pastoral de la Diversidad Sexual: una red de 75 personas que asisten regular u ocasionalmente –25 de ellas sin perderse ninguna reunión– y que están en distintos procesos de aceptación. Todos son homosexuales –hay hombres, mujeres, jóvenes, viejos, parejas, católicos y protestantes– y tienen, en mayor o menor grado, lo que ellos denominan “experiencia de fe”, algo que para un no creyente puede traducirse como creer en Dios desde una perspectiva cristiana.

En su mayoría, se trata de profesionales, ex alumnos de colegios católicos, como el colegio María Auxiliadora de Santiago, el San Ignacio, el Saint George, Manquehue y el Verbo Divino.

“Este es un espacio de encuentro donde todos tienen cabida sin tener que ocultar su identidad ni su orientación sexual. La aceptación no pasa por asumir que tienen una especie de demonio dentro, sino por aprender a valorar lo que sienten y descubrir la riqueza que hay en ello, tanto para la sociedad como para la Iglesia”, cuenta la religiosa del Sagrado Corazón María Eugenia Valdés (46), -conocida como Quena– coordinadora pastoral del Colegio Sagrado Corazón de las Monjas Inglesas. Ella, junto a los sacerdotes jesuitas Pedro Labrín y Pablo Romero (35), son los guías de esta comunidad de acompañamiento, como la definen. “La dignidad de ser hijo de Dios la tenemos todos y, como religiosa, yo me siento invitada a poner mi acompañamiento pastoral para que nadie se sienta excluido, ni por su condición social, su etnia o su orientación sexual”, agrega.

Alberto Alemparte (41) es parte del grupo de católicos gays desde sus inicios. Para él, era fundamental vivir la experiencia de fe en comunidad sin ocultar su orientación sexual.

La experiencia de la Pastoral de la Diversidad Sexual permitió que el año pasado el sacerdote Pedro Labrín y la religiosa Quena Valdés fueran protagonistas de la campaña de la Fundación Todo Mejora –que busca prevenir el suicidio de adolescentes, lesbianas y gays, bisexuales y transexuales y el bullying homofóbico–, con un video publicado online donde hacen un llamado a jóvenes homosexuales a aceptarse tal como son y a reconocerse como hijos de Dios. Los religiosos aseguran que parte importante del conflicto que observan en los procesos de asumirse homosexuales en los miembros del grupo tiene estrecha relación con la supuesta contradicción que impone vivir la fe y sentirse atraídos por personas del mismo sexo. “El dolor que percibimos muchas veces tiene que ver con la incapacidad nuestra, como Iglesia, de atinar. He sido testigo de relatos de gente que era catequista y no pudo seguir siéndolo, o de ministros de comunión a los que se les prohibió seguir como tales luego de confesar su orientación”, comenta el sacerdote Pedro Labrín. “En gran parte de los casos existen heridas con la Iglesia”, acota el sacerdote Pablo Romero. “Entonces, este es un camino de reconciliación y reconocimiento, en el que muchas veces, como religiosos, hemos tenido que pedir perdón”.

“Es injusto que a las personas sexualmente diversas les exijamos que den prueba de blancura, que demuestren que no son degenerados o superficiales, cuando a los heterosexuales no se les cuestiona. Este grupo ofrece un espacio de Iglesia necesario, donde los homosexuales pueden reconocerse como cristianos sin que nada de ellos quede fuera”, dice el sacerdote Pedro Labrín.

LA VOZ DE LA JERARQUÍA
La posición oficial de la Iglesia Católica respecto de la homosexualidad está explicitada en el Catecismo, un conjunto de normas entendidas como la interpretación del evangelio (que es considerado palabra de Dios) en épocas contemporáneas. En su última versión, de 1997, publicada durante el papado de Juan Pablo II y que estuvo a cargo del cardenal Joseph Ratzinger, quien se convirtió después en el Papa Benedicto XVI, se indica que la homosexualidad es una condición y que los homosexuales deben ser acogidos con respeto, compasión y delicadeza. Se establece que “se evitará, respecto a ellos, todo signo de discriminación injusta” (N° 2358), pero también se deja en claro que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados (Congregación para la Doctrina de la Fe, Decl. Persona humana, 8). Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso” (N° 2357). Por esto, las personas homosexuales están llamadas a la castidad. “Mediante virtudes de dominio de sí mismo que eduquen la libertad interior, y a veces mediante el apoyo de una amistad desinteresada, de la oración y la gracia sacramental, pueden y deben acercarse gradual y resueltamente a la perfección cristiana (N° 2359)”.

¿Promueve la castidad homosexual la Pastoral de la Diversidad Sexual?
El sacerdote Pedro Labrín responde: “Primero hay que distinguir que la castidad es un valor que la Iglesia invita a vivir a homosexuales y a heterosexuales por igual. A veces entendemos mal la expresión castidad y la homologamos a celibato, que es el no ejercicio de la genitalidad. La castidad es un valor que tanto los esposos, como los célibes, como los heterosexuales o cualquiera sea la situación están llamados a vivir, amando radicalmente sin un corazón dividido. En el grupo no desconocemos la doctrina de la Iglesia, la proponemos, pero también entendemos que una cosa es el horizonte y otra es el camino que es posible de ser vivido”.

Es decir, ¿ustedes no llaman a que los miembros del grupo no tengan relaciones sexuales?
“No nos compete. Como conducta de entrada o como compromiso de permanencia, no. No está formulado así”.

Mauricio Martínez, periodista de 36 años, y miembro del grupo, plantea: “A mí me parece muy importante que dentro del mensaje cristiano esté la posibilidad del disentir. Si eso no estuviera, la Iglesia sería como una secta en la que hay que hacer lo que los jefes dicen y punto. Yo creo que una institución es algo cultural y que debe ir cambiando en el tiempo. Por eso valoro este movimiento, porque está dentro de la Iglesia”.

Muchos de los miembros del grupo vienen con historias de rechazo y estigmatización por parte de otros grupos religiosos en los que participaron antes.

Inés (34, geóloga, miembro del grupo desde hace un año y quien prefirió no entregar su apellido), cuenta que estando en la Universidad Católica y mientras participaba activamente de la iglesia El Bosque, decidió contarle a su guía espiritual, durante la confesión, que era lesbiana. Él la llamó a la castidad y le recomendó una sicóloga, quien la sometió a una serie de ejercicios destinados a revertir su condición. “En ese momento viví una fragmentación muy fuerte e incluso hice propio un discurso homofóbico. Empecé a ver la homosexualidad como un desorden repugnante”, recuerda. “En la terapia me mandaron a salir con hombres y a pololear, pero yo lo pasaba pésimo. Desde los seis años sabía que a mí me gustaban las mujeres, entonces tener que arreglarme y aceptar invitaciones masculinas me generaba una angustia enorme. Por muchos años viví mi homosexualidad atormentada pensando que estaba enferma, que tenía algo fallado”. En 2012, preocupado por la angustia que veía en ella, un amigo le habló de la Pastoral de la Diversidad Sexual. “Al principio me dio nervios que a cargo de la comunidad estuvieran los jesuitas. Yo venía de un sector donde la Compañía de Jesús era considerada demasiado progresista. Pero he encontrado aquí una acogida que durante años me fue esquiva. Ahora siento que no tengo nada malo, ¿cómo voy a estar mal si soy una creación de Dios?”, se pregunta Inés.

Sábado por medio se reúne el grupo de gays y lesbianas católicos en las general de la Conferencia Episcopal de Chile, oficinas de la CVX. Aquí, parte de sus miembros en la Comunidad.

Sebastián (33), ingeniero civil y ex alumno del colegio Saint George, plantea: “Me duele cada vez que un homosexual me cuenta que antes era súper católico, pero que ya no porque la Iglesia lo único que hizo fue rechazarlo. Limitar nuestras relaciones solamente al acto sexual es un tremendo error. Estoy seguro de que en el futuro los católicos reconocerán el enorme potencial de amor y, por lo tanto, el aporte a la sociedad y a la construcción de familia que tenemos los homosexuales”, asegura.

LA ACOGIDA
La reunión de los sábados se divide en cuatro fases. Al principio cada uno de los asistentes se presenta y cuenta en qué están. En muchos casos el grupo ha acompañado distintas etapas de la salida del clóset, por lo que algunos se comprometen de una reunión a otra a contarles su orientación sexual a sus madres o a sus mejores amigos. Luego, juntos, realizan una primera oración relacionada con el tema que se va a tratar: como el miedo a la soledad al no poder optar por un proyecto de familia o la dificultad de ser parte de una institución que manifiesta públicamente ser contraria al acto homosexual. A continuación, se revisa material que apoya la reflexión, desde pasajes del Evangelio hasta columnas de opinión, literatura o videos. Y finalmente, tras 20 minutos de reflexión personal, se dividen en dos grupos para compartir opiniones y abrir el debate a cargo de los religiosos Pedro, Pablo y Quena.

“La pertenencia a la Iglesia es un regalo que se transmite por medio del bautismo. A la Iglesia no se pertenece por la adscripción a un reglamento de club, ni se pierde o se gana la condición por méritos”, reflexiona el sacerdote jesuita Pedro Labrín. “La Iglesia y el Evangelio son cosas mucho más ricas que un conjunto de normas y preceptos. De hecho, el núcleo, el corazón de la Iglesia y del Evangelio, es una oferta de sentido, de amor y plenitud. Es un desafío para la Iglesia no situarse solamente respondiendo amenazas respecto de lo que se ha pensado históricamente, sino poder descubrir en la cultura actual nuevas luces, nuevas miradas y nuevas riquezas que antes no se estaban mirando”, agrega el sacerdote Pablo Romero.

La Pastoral de la Diversidad Sexual realizó en noviembre del año pasado una misa de cierre de actividades en la CVX, presidida por Eugenio Valenzuela, provincial de los jesuitas en Chile. Ahí, hombres y mujeres homosexuales, muchos junto a sus parejas y a sus padres, vivieron abiertamente la experiencia de ser gays y católicos celebrando la eucaristía.

“Ver cómo los pastores comparten contigo y confirmar que lo que uno vive es algo querido por Dios tiene un efecto reparador súper importante. Muchas veces dentro del mismo mundo gay decir que uno es católico es como volver a salir del clóset. Te miran como un bicho raro. Entonces es reconfortante sentir que, pese a que el discurso de magisterio te obliga a renunciar a una parte de tu humanidad –como lo es la sexualidad–, existen espacios como este en el que uno puede manifestar su orientación sexual y vivirla plenamente”, asegura Ignacio.

La doble discriminación, ser cuestionados por ser gays en el mundo conservador y criticados por ser católicos en el mundo progresista, es un tema que a muchos irrita. “Yo solo pido que se respete mi experiencia de fe y mi identidad” opina Mauricio Martínez, “Hoy me siento un poco como los selknam a principios del siglo XX, cuando se los llevaron a Europa y los exhibieron en exposiciones mundiales. ‘Estos son los homosexuales católicos’, como si fuéramos marcianos”.

“Al principio me dio nervios que a cargo de la comunidad estuvieran los jesuitas. Yo venía de un sector donde la Compañía de Jesús era considerada demasiado progresista. Pero aquí encontré una acogida que durante años me fue esquiva”, dice Inés.

El sacerdote Pedro Labrín agrega: “Me parece una injusticia que a las personas sexualmente diversas les exijamos permanentemente que den la prueba de blancura, desde demostrar que no son degenerados o depravados hasta que no son superficiales, cuando a los heterosexuales no se les cuestiona. El foco de este grupo está en ofrecer un espacio de Iglesia que es necesario, donde los homosexuales pueden reconocerse como cristianos sin que nada de ellos quede fuera. En otras circunstancias un homosexual puede ir a misa, pero tiene que silenciar su condición. En este grupo, en cambio, puede ir con todo eso y hacer oración junto a otros. Es un espacio abierto y hemos estado en permanente diálogo con los obispos, en los que hemos podido contarles y conversar respecto a la pastoral”, cuenta Labrín.

“No actuamos en paralelo a la Iglesia, actuamos dentro de la Iglesia”, agrega la religiosa María Eugenia Valdés, “porque también somos profundamente Iglesia. No estamos escondidos ni somos los choros. Se nos ha encomendado una misión y nos sentimos enviados a hacerlo en diálogo”.

Mauricio Martínez (36), miembro del grupo hace casi dos años, asiste a las reuniones del sábado junto a su pareja. Para él, el gran valor de la Pastoral de la Diversidad Sexual está en su carácter de disidente dentro de la institución.

¿Qué gana la Iglesia Católica con la Pastoral de la Diversidad Sexual?
Responde el sacerdote Labrín: “El contacto con estas realidades nos acerca a lo que expresó recientemente el Papa Francisco, invitándonos a que los cristianos nos preocupáramos más de salvar a las personas que de salvar las ideas. Como Iglesia históricamente hemos sido súper fieles a la defensa de las ideas, pero nos ha costado ser fieles con las personas. No nos cabe la menor duda de que si Jesús estuviera hoy, estaría del lado del mundo de la diversidad sexual”.

REUNIÓN PARA PADRES DE HIJOS GAYS
Desde hace un año, dentro de la Pastoral de la Diversidad Sexual, funciona, además, un grupo de padres de hijos homosexuales. Se reúnen martes por medio a compartir experiencias y aprender del mundo homosexual. Reciben el apoyo de dos laicas que son acompañantes espirituales de la comunidad, Pilar Segovia y Soledad Undurraga, además de ayuda de especialistas como María Isabel González, pionera en Chile en consejería para hijos y padres gay. “Nos hemos dado cuenta de que existen muchos mitos y estigmatizaciones sobre el tema, por lo que es fundamental que las familias se eduquen respecto a la homosexualidad. La información es lo que da libertad”, dice Soledad. La respuesta ha sido un éxito y fue este grupo quien insistió en dar a conocer esta agrupación dentro de la jerarquía de la Iglesia, enviando una carta formal a monseñor Ignacio Ducasse, secretario general de la Conferencia Episcopal de Chile.

 
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