Reconversión gay
Reportajes
Etiquetas: , ,

22 Octubre, 2010

Reconversión gay

Mientras se discute si los gays deben o no unirse civilmente, en Chile hay sicólogos que, discretamente, realizan terapias de reconversión a un puñado de homosexuales ansiosos por dejar de serlo. También hay especialistas que cuestionan estos procedimientos y activistas que luchan por prohibirlos. Paula conversó con todos ellos.

Por Carola Solari / Fotografía: Carolina Vargas / Producción fotográfica: Camila Letelier / Agradecimientos: Tiendas Travesia

“Puede que sea alarmista, pero no creo que sea normal que sienta pensamientos sexuales por mi mejor amigo. No sé qué hacer. En oraciones le he dicho a Dios que me ayude y que me colabore, porque solo, no puedo, pero veo que cada vez es peor. ¿Qué hacer?”
“Necesito ayuda, por favor quiero dejar de ser gay, por favor ya no aguanto más. Quiero ser heterosexual y quiero cambiar completamente mi orientación sexual. Por favor, díganme qué tengo que hacer ¿Tengo que someterme a un tratamiento? ¿Tengo que decírselo a mis padres?

El primer mensaje está firmado por un joven colombiano de 16 años. El segundo, por un joven chileno de 15. Ambos están dirigidos a un sacerdote centroamericano y aparecen publicados en la página web Es posible La Esperanza. La página tiene por logo una paloma, está bien diseñada y tiene un trato fraternal. Fue creada hace 6 años por un sacerdote llamado Padre Antonio, y en ella se promueve la posibilidad de terminar con la atracción hacia personas del mismo sexo. También ofrece, a quienes se registren, una terapia on line que es monitoreada por sicólogos latinoamericanos, entre ellos una profesional chilena. El equipo de terapeutas se denomina Grupo Juan Pablo II y es muy hermético. Trabaja en forma casi secreta, no entrega información si el sacerdote no lautoriza y, a pesar de que para este reportaje contactamos hace seis meses a la sicóloga chilena vinculada al grupo, con quien sostuvimos varias reuniones, a última hora declinó referirse a la web en cuestión. “Tenemos que cuidarnos: tenemos enemigos. Hay muchos que no quieren que hagamos este trabajo”, se excusó. El trabajo se llama terapia de reconversión de homosexuales y se desarrolla en este clima sigiloso, en pleno 2010, cuando en varios países ya se ha aprobado el matrimonio gay y en otros tantos se discute abiertamente la posibilidad de que los homosexuales puedan heredarles bienes a sus parejas e incluso que tengan o adopten hijos.

¿Quiénes están detrás de estas terapias y cuáles son estos pacientes contracorriente, gays que quieren dejar de serlo, precisamente ahora, cuando parece más fácil, socialmente hablando, asumir esta pulsión? Leonardo (su nombre ha sido cambiado) es un abogado argentino de 33 años y, a pesar de que en su país los homosexuales hoy pueden unirse civilmente, él no quiere ese camino. Quiere casarse, pero aclara que con una mujer. Por eso contesta nuestras preguntas pidiendo anonimato, no sin antes asegurarse de que un terapeuta de la web Es Posible la Esperanza le confirme que somos un medio confiable.

“Soy católico, apostólico y romano. Si bien mis creencias entran en contradicción con la homosexualidad, no fueron las convicciones religiosas las que motivaron mi rechazo a la tendencia homosexual que padecía. Más que nada rechazaba la posibilidad de no ser libre de elegir cómo vivir si mi mente y mi corazón anhelaban ser heterosexual, pero mi deseo se manifestaba de otra manera. Haber descubierto que podía ser libre de esta condena fue motivo suficiente para embarcarme en la mayor empresa de mi vida: la terapia de reconversión”, dice. Lleva 4 años siguiendo la terapia en Es Posible la Esperanza, a pesar de que los especialistas del sitio le advirtieron que no podían garantizarle el cambio y que era indispensable que estuviera ultramotivado para conseguirlo. “Gracias a Dios y al trabajo con la terapia, el deseo sexual hacia personas del mismo sexo quedó atrás; ése es un signo inequívoco de que voy por buen camino. No está olvidado, pero sí sanado, como las cicatrices de una herida que ya no duelen, pero quedan como recuerdo de por dónde he transitado”, dice.

Ricardo (su nombre ha sido cambiado), un chileno de 44 años que hace más de veinte siguió una terapia así (ver recuadro), hoy mira con escepticismo los esfuerzos por reconvertirse. En el living de su departamento en Vitacura, reflexiona: “Es tiempo y esfuerzo perdido, no tiene sentido”, dice. A los 19 años, Ricardo intentó dejar de ser gay y al cabo de cinco años de terapia en la consulta de una sicóloga estaba tan convencido de que lo había conseguido, que se casó. Hoy está separado y tiene tres hijos a los que acaba de contarles que, en realidad, siempre fue gay. “Fue muy duro para ellos. Lo que más les dolió fue que les mintiera a ellos y me mintiera a mí mismo tratando de ser alguien que no era”, dice.

¿Son legítimas estas terapias?

Los primeros antecedentes de las terapias de reconversión datan del siglo XVIII, cuando la homosexualidad y la bisexualidad eran consideradas patológicas y los individuos que sentían atracción por el mismo sexo se catalogaban como enfermos cuya conducta debía ser corregida, en ocasiones con métodos que hoy serían muy cuestionables: históricamente se usaron desde pastillas para inhibir el deseo sexual hasta descargas eléctricas mientras se miraba la foto de una persona del mismo sexo desnuda. La idea era asociar la conducta homosexual con algo negativo. Hoy, la mayor parte de las escuelas sicológicas no califican la homosexualidad como una enfermedad. Tampoco se la califica como una opción, algo que se pueda elegir. Se la considera una condición. Esto se oficializó en 1973, cuando la Asociación Americana de Siquiatría retiró a la homosexualidad del listado de trastornos siquiátricos.

El siquiatra y sicoanalista Alex Oksenberg, quien preside el Centro Chileno de Sexualidad Humana donde atiende a muchos homosexuales, dice entender la homosexualidad “como una condición, no elegida, que forma parte de la enorme diversidad de expresiones de la sexualidad humana”. Añade que el hecho observable es que ocurre, y cuando se da suprime la posibilidad de que el individuo portador de esta orientación sexual pueda elegir otra. “No creo que un homosexual, por mucha voluntad de cambio que tenga, pueda volverse heterosexual. Un terapeuta serio, informado y con experiencia clínica no debería verse involucrado en un propósito inviable como ése”, señala.

Alfonso Luco, sexólogo y ex presidente del Colegio de Sicólogos, cree que el abordaje correcto, cuando un homosexual está complicado, es ayudarlo a aceptarse. “No es raro que sea difícil aceptar la atracción por personas del mismo sexo, porque vivimos en una sociedad muy homofóbica, en la que aún hay discriminación y gente que lo ve como una anormalidad”, argumenta. A nivel de organismos internacionales el asunto parece zanjado. El siquiatra colombiano Gabriel Jaime Montoya lo plantea así en un artículo publicado en el Acta de Bioética de 2006 de la Organización Panamericana de la Salud: “Las terapias reparativas representan un esfuerzo de domesticación. Sus objetivos no son la comprensión y la tolerancia del individuo en su situación particular y su inclusión en la sociedad, sino más bien el tratamiento arrasador. No atienden a las múltiples condiciones que causan malestar al individuo en su relación con el entorno, sino que depositan de inmediato toda la responsabilidad en él y fabrican en la terapia una solución absoluta, permanente y necesaria para su forzosa inclusión en el mundo de los normales”.

Sin embargo, no toda la comunidad de siquiatras y terapeutas piensa igual. Existen grupos que disienten respecto de esta nueva oficialidad. Terapeutas que continúan planteando que la homosexualidad es un trastorno y que, como tal, puede ser tratado. El referente internacional de esta corriente es el siquiatra norteamiercano Joseph Nicolosi, fundador de NARTH (Asociación Nacional para la Investigación y Terapia de la Homosexualidad) quien, en 1991, comenzó a hablar de terapia de reconversión.

En Chile, Francisco Bustamante, siquiatra y profesor de la Universidad de los Andes, comparte su mirada: “Llegué al convencimiento de que existe evidencia científica de que los sentimientos homosexuales se pueden cambiar. Pero me quedé ahí, en el plano de las ideas, hasta que lo vi con mis propios ojos: un paciente homosexual, bastante femenino, que tras un año de terapia se masculinizó y empezó a sentirse atraído por las mujeres”. Bustamante es coautor del libro Sobre la homosexualidad, en que recoge el debate existente sobre esta materia. Según ha explicado Nicolosi en artículos de prensa, la idea-fuerza que subyace en esta terapia es que la homosexualidad es un síntoma de algún problema emotivo que puede trabajarse, idea que toma de Freud, quien pensaba que la homosexualidad era un trastorno del desarrollo y no una condición innata de la persona. Nicolosi se funda, en buena parte, en que no ha podido probarse que la homosexualidad tenga un origen genético, sino que es resultado de una multiplicidad de factores que convergen y que incluirían aspectos biológicos y ambientales.

Este mismo razonamiento es el que recogió la sicóloga chilena Marcela Ferrer en la tesis que realizó en 2008 para obtener el grado de magíster en Bioética en la Universidad Católica. El título de la tesis es Percepción infantil de no ser aceptado, como un factor predisponente a la homosexualidad. El día que presentó su trabajo –en el que asegura que puede ayudar a homosexuales que deseen cambiar– fue abucheada por una oleada de estudiantes que la acusaron de homofóbica. Ferrer es, desde entonces, la más conocida y respetada sicóloga chilena dedicada a la reconversión. Y también la más impopular entre las organizaciones gays que en varias ocasiones han intentado funarla.

Ella señala que han llegado hasta la Universidad donde hace clases, reclamando que por qué albergan a una docente que promueve una práctica que ellos consideran abusiva. Por esta razón, Ferrer teme que si habla de su trabajo, termine perdiéndolo. Ferrer no entiende por qué tanto alboroto por lo que hace. “Si un homosexual está feliz siéndolo y no quiere cambiar, muy bien. Esta terapia no es para él. Nuestra alternativa terapéutica está pensada para aquellos homosexuales que se sienten infelices y quieren cambiar. Ellos tienen derecho a tener un tratamiento”. Incluso, acusa, al oponerse a las terapias de reconversión, las organizaciones gay “ponen en peligro ese acceso”.

Yori Aguirre, estudiante de Sicología de la Universidad Alberto Hurtado, es uno de los activistas que se oponen tenazmente a la práctica de estas terapias. Organiza protestas, denuncia a sus cultores y quiere que se prohíban: “Consideramos que la terapia de reconversión es clínica policial”, resume. “Su existencia es una muestra de intolerancia y discriminación de parte de sicólogos católicos que tienen prejuicios hacia la homosexualidad y por eso quieren cambiarla. Creemos que es una tortura y no es parte de la democracia permitir que exitan torturadores”. Por eso, la organización de estudiantes de Sicología que integra, la OCEP, junto al Movilh (Movimiento de Integración y Liberación Homosexual), están exigiendo al Colegio de Sicólogos que condene y prohíba estas terapias, a las que también cataloga de “lavado de cerebro” y de “holocausto terapéutico”.

Paula intentó conseguir la versión oficial del Colegio de Sicólogos. Respondió su encargada de prensa, Vanessa Bravo, señalando que el colegio acaba de formar una comisión de estudio para “analizar el tema”.

Los casos de Pedro y Tomás

No es cualquier homosexual el que llaga a estas terapias. Su perfil es particular. Una sicóloga titulada de la Universidad Católica, que prefirió mantener su nombre en reserva, lo tipifica así: “Es el homosexual que no comparte el estilo de vida gay. Es el que sueña con casarse y tener hijos. El que sufre porque ser así no coincide con sus valores. En su mayoría son hombres. Lesbianas consultan mucho menos. Y son mayoritariamente católicos y de familias conservadoras”. Esta sicóloga no hace terapia de reconversión pero, hace algunos años, apareció en un artículo en la prensa afirmando que la homosexualidad no era natural y podía cambiarse. Su consulta, cuenta, se llenó de pacientes homosexuales pidiendo ayuda. “No es mi especialidad, pero los atendí de todas formas. No entrego mi nombre ahora porque no quiero que me suceda de nuevo, pero me quedó claro que existe una gran demanda por estas terapias”, resume.

Pedro (su nombre ha sido cambiado) forma parte de ese nicho. Es chileno, soltero y tiene 28 años. “Me di cuenta a los 23 de que me atraían los hombres y fue incómodo, raro. Me puse a llorar, me sentí defraudado. No quería ser homosexual. Cuando un siquiatra me dijo que se podía cambiar, me sentí realmente esperanzado. Eso es lo que yo más deseaba en el mundo”, dice. Pedro es uno de los 12 chilenos que llevan más de un año trabajando una hora al día en la página web Es Posible la Esperanza. La terapia conlleva una primera parte de educación, en la que deben leer sesudos textos de autores proclives a la reconversión, como el sicólogo holandés Gerard J.M. van den Aardweg y el norteamericano Richard Cohen, ex gay que hace terapias de reconversión y hoy es padre de familia. Ambos autores atribuyen el origen de la homosexualidad a una herida emocional infantil, relacionada con un mal apego con los padres. También deben hacer algunas tareas, como completar unos cuadernillos –especies de diario de vida– donde registran sus avances y que pueden ser leídos por los demás pacientes que realizan la misma terapia. En una segunda etapa se les pide cambiar de hábitos: dejar de frecuentar círculos gays, botar a la basura todo el material pornográfico homosexual que tengan, hacer algún deporte y, en caso de tener alguna religión, acercarse a ella. También promueven ejercicios conductuales para reforzar la masculinidad, como trabajos manuales en la casa: martillar, aserruchar.

Paula tuvo acceso a conversar con una fuente de la web Es Posible la Esperanza, quien, en el estilo de secreto que los caracteriza, pidió reserva de su identidad. “A los pacientes se les advierte que cambiar la orientación sexual es muy difícil. Es un esfuerzo que puede tomar años y en el que no hay garantías. No todos logran volverse heterosexuales. Algunos avanzan mucho, pero no se sanan del todo y muchos se retiran al poco tiempo, porque hay que ser muy perseverante. Los más antiguos llevan alrededor de cinco años en terapia, y ya hay casos exitosos, pero tenemos que ser cautos, observar cuánto tiempo dura el cambio”, dice.

Pedro está seguro de que logrará cambiar, porque su compromiso y motivación son fuertes. “Lo que en mi caso me motiva es mi deseo de casarme con una mujer y tener hijos, el sueño de todo hombre”, dice. Y agrega: “Creo que he cambiado en un 70%, porque ahora me gusta mirar a mujeres guapas”.

Tomás (su nombre ha sido cambiado) participó de la misma experiencia, pero su vivencia fue muy diferente. Es chileno, tiene 20 años y a los 17 sus padres lo llevaron adonde una sicóloga luego de descubrir que pololeaba con un hombre. “Dijeron que me ayudaría y yo fui confiado, pensando en que podría enfrentar mejor este asunto y tener más herramientas para aceptarme. Sin embargo, la sicóloga me dijo que estaba a tiempo de cambiar, que la vida de los homosexuales era puro sufrimiento, que me discriminarían, que no podría tener una familia ni ser feliz. Luego, me recomendó entrar a la página de Es Posible la Esperanza. Salí de la consulta confundido. No podía entender que mis papás quisieran cambiarme. Sentí mucha pena”, dice.

Tomás se inscribió en la página, leyó las lecturas que le proponían y participó de algunos foros. No fueron más de cuatro ocasiones, suficientes para que decidiera retirarse. “Me llamó la atención que la mayoría de la gente que estaba ahí tenía algún trauma. Muchos habían sufrido abusos, violaciones, abandono de sus padres, todas experiencias con las que justificaban su homosexualidad. Todo esto, además, mezclado con Dios y el anhelo de algún día llegar a tener una familia ejemplar y feliz, llena de niños. Era un espectáculo de miedo en el que yo no calzaba de ninguna manera, porque yo no tenía interés en cambiar”, dice.

El siquiatra Alex Oksenberg considera muy delicado que estas terapias acepten a pacientes menores de edad, arrastrados por sus padres y no por su propia voluntad. “La homosexualidad no es algo que se pueda quitar aunque los padres lo pidan. Un intento así podría ser perjudicial y aumentar la confusión y la ansiedad de ese paciente. Lo más pertinente es ayudar a los padres a aceptar el hecho, por desafortunado que les resulte”, señala.

Tomás vive hoy su homosexualidad abiertamente y sus padres lograron comprenderlo. “Años después me pidieron perdón. Obviamente, esa terapia no era para mí”, dice.

20 años después: La historia de Ricardo

La terapia de reconversión que hace veinte años realizó Ricardo –gay asumido de 44 años, separado y padre de tres hijos– tenía muchos de los elementos que usa la terapia de reconversión actual. Y, entonces, su perfil era similar al de los pacientes que hoy recurren a este tratamiento: “Venía de una familia conservadora, mis padres se habían separado cuando era niño, tuve una relación conflictiva con mi padre y, además, las referencias que tenía de la homosexualidad eran peyorativas: el maricón de la peluquería, el que mira en la playa a los cabritos. Yo no quería ser así”, dice.

Tenía 19 años, cuando un amigo homosexual le contó que existía una sicóloga que tenía una consulta en Las Condes y ayudaba a gays a cambiar. No lo dudó. “Hice todo lo que ella me pidió y fui un alumno aventajado, porque cada vez estaba más convencido de que cambiaría. Repasamos toda mi historia, donde ella encontró el origen de mi homosexualidad: la separación de mis papás, la rabia hacia mi padre que se había casado con otra mujer. Todo coincidía. También me recomendó hacer algunas tareas para romper mi condicionamiento, como tener relaciones homosexuales sin tener ganas para sentir rechazo y aversión hacia ellas. Si bien el deseo hacia las personas del mismo sexo no desapareció, disminuyó. Le fui perdiendo el miedo a las mujeres y empecé a sentirme atraído por ellas”, dice.

Fue entonces cuando la sicóloga lo dio de alta y le dijo estaba sanado, asegurándole, además, que podía estar con una mujer. “Yo le creí, porque le creía todo”, dice. Con esa confianza cumplió un sueño muy acariciado: formar una familia. “Me casé, tuve tres hijos y, en un comienzo, me sentí feliz, porque por fin estaba en el lugar que creía correcto. Pero al poco tiempo empezó el malestar. En las noches, cuando mi mujer dormía a mi lado, sentía una tensión que empezaba a crecer dentro de mí y no me dejaba dormir. Era muy angustiante. En el fondo, sentía que mi vida era una farsa, una gran mentira”.

Ocho años después, Ricardo se separó y tuvo que admitir la verdad ante su mujer e hijos. “Nunca dejé, en realidad, de ser homosexual”, resume. Ricardo no puede asegurar que el tratamiento que él siguió sea igual a la terapia de reconversión que hoy se practica. Dice que cada cual es libre de buscar la ayuda que sienta necesaria, pero advierte: “No sé si tiene sentido destinar tanto esfuerzo a modificar algo tan profundo, a tratar de ser otro. Hace 20 años era muy difícil tener una vida como homosexual asumido. Hoy, creo que es más simple, y también más honesto, el camino de aceptarse que buscar cambiar a toda costa”.

 
Pin It
ANUNCIOS

TAMBIÉN PODRÍA GUSTARTE